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11 de septiembre de 2019
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A pocos días de dar la nota: Mendoza en boca de todos

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La elección que se avecina enfrentará a los representantes de dos modelos políticos de gobierno y de administración del Estado muy diferentes; tanto, que dividieron fuertemente al país como hacía décadas no sucedía.

En poco más de quince días, Mendoza se transformará en el centro de la atención político-electoral del país. El oficialista Rodolfo Suarez y la camporista Anabel Fernández Sagasti –con todo el peronismo unido detrás de su candidatura– se medirán en una de las elecciones a gobernador más excitantes de los últimos años. Hubo, claro, muchas otras contiendas de alto impacto, cargadas de incertidumbre hasta el último minuto, que se cuentan por varias; pero la que se avecina enfrentará a los representantes de dos modelos políticos de gobierno y de administración del Estado muy diferentes; tanto, que dividieron fuertemente al país como hacía décadas no sucedía, atravesándolo por una grieta que llevará mucho tiempo hacer que desaparezca.

Alfredo Cornejo, el gobernador, necesita como nadie la victoria. Buena parte de su futuro político puede que esté atado a un triunfo que coronaría una larga carrera en la política provincial, y también un estilo de conducción y de construcción de poder que comenzó a forjar en sus épocas de estudiante universitario. Para Cornejo, la política entendida como ciencia es el todo de donde se desprende el ordenamiento de la vida en sociedad. Nada está por arriba de la política en el funcionamiento del Estado: alrededor de ella deben girar armónicamente la administración de justicia, el desarrollo económico, los servicios de salud y educación pública y los medios de comunicación; particularmente, estos últimos, a los que siempre miró de manera torva y desconfiada y a los que considera no sólo auxiliares de la política sino a su entera disposición, mucho más cuando se alcanza lo más alto del poder institucional como él lo consiguió. La agenda de los temas de la sociedad los impone la política, nunca uno o varios medios de comunicación, suele decir cuando se da la oportunidad. Pero, junto con todo esto, el gobernador necesita que su candidato se termine imponiendo para darle continuidad a las reformas que él implementó en el Estado provincial y para contar con un centro de poder del interior del país desde donde –se imagina– comenzar a conducir y liderar la oposición, frente a un casi seguro, entiende, triunfo de Alberto Fernández en el plano nacional.

Para ganar, Cornejo necesita que su aspirante a sucederlo, si no puede convertirse en su álter ego –evidentemente no lo es–, sí sea, al menos, la garantía de la continuidad de todo aquello que las encuestas destacan positivamente. Y, además, que Suarez sea (y se lo crea) el vehículo que invite a soñar con una provincia mejor. Y es precisamente esto último lo que por el momento no aparece en la estrategia de campaña del oficialismo. Soñar con qué puede ser una pregunta pertinente. Soñar con una revolución que ponga patas para arriba a una provincia que se contagió sin remedio de todo lo que enfermó a la nación, cuando siempre pareció contar con algunos anticuerpos que evidentemente se terminaron. Y no alcanza con que se responda, frente a ese fenómeno, que la macroeconomía, por ejemplo, es un resorte puramente nacional. Mendoza bien puede encontrar entre sus recursos –humanos y materiales–, respuestas propias.

El peronismo mendocino no imaginaba, cuatro o cinco meses atrás, contar con la oportunidad que hoy tiene enfrente. La debacle nacional de la administración de Mauricio Macri, el dilema ya resuelto, según parece, entre la heladera y el cemento, transformaron al peronismo en competitivo de la noche a la mañana. Pero también contó con una candidata, Anabel Fernández Sagasti, quien supo de alguna forma amalgamar dos conceptos, convertirlos en uno solo y potenciarlos favorablemente: detrás de su figura se han asociado el kirchnerismo más puro y duro en una Mendoza que se supone reactiva a la figura de la ex presidenta, con el peronismo tradicional y conservador varias veces votado en la provincia. Hoy, Fernández Sagasti es una síntesis de ambas corrientes, y la posibilidad cercana de alcanzar el poder terminó de cerrar las grietas internas que mostraba el movimiento, mucho más luego de la estela que dejaron las administraciones de Jaque y de Pérez, hacia dentro y también hacia fuera.

Para ganar, Fernández Sagasti necesita hacer que brote eso que predica: que lo que se ha puesto en juego es un proyecto nacional que se viene imponiendo en todo el territorio y que Mendoza no es una isla, que a la provincia no le alcanza con haber ordenado sus cuentas y haber encaminado el Estado hacia un sendero viable y que, en poco tiempo, ese Estado esté en condiciones de convertirse en ese soporte y trampolín que requiere el desarrollo económico privado. Cómo bajar un discurso exitoso a nivel nacional por los desatinos del gobierno de Macri enfrentado con lo que, el mismo peronismo reconoce, un modelo a escala mendocina que la mayoría de la ciudadanía parece aceptar.

En eso está el entorno de Anabel Fernández Sagasti: en hallar la clave y la estrategia de comunicación adecuada que convenza a los mendocinos que irán a votar el 29 de setiembre de que lo mejor que le puede ocurrir a la provincia es votar a su candidata porque, de ganar con Fernández a nivel nacional, con un gobierno afín, llegará el empuje necesario. Ese discurso que sea lo suficientemente persuasivo para hacerles ver a los electores que, si se impone el oficialismo actual en la provincia, puede que quede aislado, sin fuerzas ni oportunidades para seguir un modelo nacional que Suarez y Cornejo aborrecen.

En pocos días lo sabremos. Y Mendoza, de una u otra forma, cualquiera sea el resultado de la elección, dará la nota.

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