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15 de septiembre de 2009
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A partir de Anita

Anita, una película del argentino Marcos Carnevale que se puede ver en estos días en los cines de Mendoza, narra lo que le pasa a una joven con síndrome de Down cuando pierde a su mamá, por el atentado a la AMIA

    Anita, una película del argentino Marcos Carnevale que se puede ver en estos días en los cines de Mendoza, narra lo que le pasa a una joven con síndrome de Down cuando pierde a su mamá, por el atentado a la AMIA. No es mi intención analizar los logros y debilidades del filme desde del punto de vista cinematográfico. Me importa sí transmitir las sensaciones que me despertó desde la condición de mamá de Felipe, de dos años, que comparte el síndrome de Anita.

    La tragedia del atentado tiene como fondo otras muchas tragedias cotidianas: la de un padre privado de ver a su hijo porque lo que gana no le alcanza para cumplir con la cuota alimentaria; la de una familia china hostil con sus integrantes y a la defensiva ante lo que pasa afuera –luego se verá que con algo de razón–; la de una mujer a la que el sueldo de enfermera apenas le alcanza para vivir, sola, en una villa Cecilia Molina, periodista A partir de Anita de emergencia en la que su vecino es su hermano, quien encuentra una noche a Anita mientras recoge chatarras bajo los puentes de la Ciudad de Buenos Aires.

    La chica, que creció amparada por su mamá en el barrio de Once, se relaciona con esas historias una vez que, después de la bomba, sale aturdida de un hospital sin que nadie la vea, mientras los médicos se ocupan de los heridos más graves. El estupor que le provoca la explosión y su particular visión de lo que está ocurriendo dejan a Anita a expensas de los protagonistas de las otras tragedias. En casi todos los casos, la protege, la salva, su capacidad para entender, desde los afectos, que los otros también están en problemas. Anita se esfuerza, entonces, para ayudarlos en sus soledades. Pero, al mismo tiempo, queda expuesta al desconocimiento de las personas, aun las mejor intencionadas, respecto de lo que ella es y puede. Los prejuicios, los miedos, el tamaño de los propios conflictos demoran el reencuentro con su único hermano, quien razonó que si su madre había perdido la vida en el atentado, Anita, por su condición, debía haber corrido la misma suerte, lo que hizo que no la buscara, que esperara lo peor.

    La escena final es conmovedora: la bomba, las muertes, la imposibilidad de explicar lo inexplicable y el desamparo lograron que pasara lo que no había pasado nunca: el hermano de Anita cumple con sus ganas de llevarla al zoológico a ver los elefantes, le da tiempo y compañía, se larga a disfrutar de la vida, con ella. Una imagen feliz, creo, para muchos de los papás de chicos especiales, que convivimos con la angustia de que los demás no entiendan a nuestros hijos, y de lo que pueda pasarles una vez que no estemos.

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