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28 de enero de 2021
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Opinión

A las aulas de una buena vez y dejar de correr siempre el arco

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La vacuna no será condición indispensable para el regreso a clases.

Un informe reciente de Unicef en Argentina revela que menos de la mitad de los hogares del país cuenta con acceso fijo a internet de buena calidad y que la mitad de estos no tiene a mano una computadora disponible para usos educativos. Los datos fueron volcados en un artículo que la entidad internacional, ocupada de la situación de la niñez, difundió diez días atrás con el fin de concientizar a las autoridades del país, a los sindicatos específicos y a las familias en general, de la necesidad de que las escuelas reabran en el 2021, luego de haber estado clausuradas a lo largo de todo el año en medio de la pandemia de coronavirus.

“Según datos oficiales, cerca de un millón de chicos y chicas matriculados en marzo del 2020 en algún nivel de la educación obligatoria ha mantenido bajo o nulo intercambio con su escuela, lo que coloca en severo riesgo su continuidad escolar”, agrega el informe que Unicef tituló “Posición frente al regreso de clases presenciales en 2021”.

Pocas cosas resultan tan inexplicables para la mayoría de los ciudadanos, que los motivos que se van sumando día tras día por parte de los sectores, particularmente gremiales, que sistemáticamente enumeran motivos, causas tras causas, que impedirían la vuelta a clases presenciales en Mendoza y, claro está, en el resto del país.

El debate sobre la reactivación de la actividad educativa no es propio de Argentina. Como se supone, el resto del mundo, que viene lidiando con la pandemia desde unas cuantas semanas antes que en esta parte del mundo, pareció zanjar la discusión sin que esta estuviera ajena a innumerables controversias y posiciones, claro está. Ya en agosto, cuando los países europeos ya se encontraban preparados para el reinicio de las clases presenciales en sus respectivas jurisdicciones, la OMS, por medio de sus propios especialistas, advertía que no había impedimento alguno para la vuelta a las aulas, siempre y cuando el nivel de contagios estuviese controlado y reducido a niveles manejables por los países. Y así fue como, con protocolos de cumplimiento más que obligatorios y coercitivos –sobre la base de la persuasión y la responsabilidad social– la inmensa mayoría de la comunidad internacional pudo resolver un asunto clave e imprescindible para la humanidad como el acceso al conocimiento y a la formación de los chicos y chicas de cada una de las comunidades.

Las declaraciones de los dirigentes gremiales del sector de la educación –aludiendo a ellos en forma general, porque no se ha escuchado a ninguno de ellos ni del ámbito de los privados ni de los estatales decir algo distinto del discurso que los ha englobado– apuntan todas a las deficiencias y falencias que tendría el sistema para recibir a los docentes en las escuelas y tomar contacto con los alumnos de forma real y presencial.

Esas adversidades, al menos, hoy, están centradas en los problemas de infraestructura edilicia y en la ausencia de mantenimiento de los establecimientos tras casi un año de inactividad. Tales motivos son razonables y los gremios tienen derecho a reclamar que los baños estén en condiciones, que exista una necesaria y eficiente ventilación de las aulas, del correcto funcionamiento de la electricidad y que cada una de las escuelas tenga disponible agua y cocinas en condiciones para desplegar, como corresponde, lo mínimo y necesario de la buena actividad. Tienen razón en exigir que se los tenga en cuenta en la planificación y desarrollo de los protocolos para prevenir contagios; tienen razón al momento de reclamar garantías en general para proteger la integridad y la buena salud de sus representados. Pero cuesta comprender, dicho esto hacia fuera del ámbito vinculado pura y exclusivamente con el sector, que día tras día se vaya corriendo el arco o cambiando las dimensiones de la cancha en la que se juega.

Eso es lo que parece y lo que subyace: que los dirigentes gremiales no puedan despegarse de la cuestión ideológica que enarbolan, aunque digan que no cuando ponen palos en la rueda para que se permita la vuelta presencial a los colegios. Algunos de los referentes han llegado a cuestionar, como nocivo según interpretan, que en los gobiernos –cualquiera sea– se haya impuesto la decisión y la voluntad política para lograr el regreso a clases e, incluso, han amenazado con pasar a la lucha concreta, entiéndase paros, huelgas y asambleas sin cumplimiento de sus tareas, si no se cumple con lo que reclaman.

La dirigencia debería buscar alguna manera que le permita conocer con un poco más de precisión lo que está pasando fuera del pequeño ámbito en el que se mueven. Que les permita conocer qué piensa el resto de la sociedad para la que ellos trabajan en realidad y que deposita en sus representados toda la confianza necesaria en la formación de sus hijos. Necesitan revincularse con el resto del universo del que forman parte de manera casi indivisible algún tiempo atrás.

Con sus permanentes excusas, la dirigencia gremial docente ha caído a sus niveles máximos de desprestigio. Su falta de anclaje con lo que pasa en la realidad la condujo en su momento a no comprender ni entender por qué no fueron apoyadas las explicaciones que daba cuando afirmaba que el ítem aula la perjudicaba; o cuando, más recientemente y en medio de una crisis económica pavorosa producida por el coronavirus, pero con más precisión por la gestión de la pandemia vía la cuarentena, miles de ciudadanos se quedaron sin ingresos, sin empleos, otros debieron cerrar sus pequeños comercios y hasta tuvieron que pedir prestado para comer, se opusieron y aún lo siguen haciendo a los aumentos salariales que se anunciaron desde el gobierno. Claro que todo es poco y que no alcanza en algunos casos para parar la olla; pero hay otros que se quedaron con la nada misma y no cuentan, siquiera, con un patrón que les ofrezca un 20 por ciento de aumento y más de 50.000 pesos en sumas fijas.

El pedido a los dirigentes de la docencia gremial, no así a los docentes reales que sí les ponen el lomo a las adversidades todos los días, es, cuando menos, pudor y responsabilidad. Y que se sumen, como corresponde, a la elaboración de los protocolos que les garantice que se evitará al mínimo la posibilidad de contagio para sus representados; que se sumen para exigir todo lo que crean necesario, pero que a la vez convenzan a la sociedad de que son dirigentes dignos de lo que dicen representar, porque, con lo que hacen, no parece que lo sean.

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