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21 de noviembre de 2012
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impacto mundial

A casi 40 años, así es la vida de los sobrevivientes de la Tragedia de los Andes

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Sencillos, discretos, humildes, comprometidos y agradecidos: esa es la esencia de la vida y la actitud de los supervivientes de la Tragedia de los Andes, cuando se cumplen cuarenta años del accidente aéreo que los hizo célebres y los convirtió en uno de los hitos sociales y culturales del siglo XX.

Poco hace pensar que estos dieciséis uruguayos maduros, de trato amable, simpáticos y que en ningún momento dejan de hablar de sus nietos, son en realidad los protagonistas de una de las historias más extraordinarias de esta época, dolorosa, pero al mismo tiempo portadora de un descomunal legado de esperanza y fe en el hombre. 

Y es que estos hombres bonachones, a los que uno sólo puede imaginarse preparando un asado en familia, buscando niños en el colegio o preparando con atención el casamiento de una hija, actividades bien alejadas de la imagen que uno tiene de un héroe, son los mismos que hace 40 años conmovieron al planeta por el simple hecho de seguir vivos. 

Una historia de contrastes. Esta imagen actual contrasta con la que ofrecieron al mundo el 22 de diciembre de 1972: famélicos, agotados y sucios surgieron de las alturas de los Andes para contar una sobrecogedora historia de superviviencia, de heroísmo y, como ellos insisten en señalar, "de verdadero amor entre los seres humanos". 

Lo sucedido es sobradamente conocido: el 13 de octubre de ese mismo año, un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya con 45 pasajeros, casi todos integrantes, familiares o amigos de un equipo de rugby de Montevideo que se dirigía a Chile, se estrelló en la cordillera andina. 

Veintinueve personas murieron en la montaña en el accidente, a causa de sus heridas y por un alud que sepultó los restos del avión días después de la caída. 

Conscientes de que su rescate había sido suspendido y que habían sido dados por muertos, los supervivientes se organizaron para sobrevivir en la alta montaña, soportando temperaturas de hasta 42 grados bajo cero, sin ropa de abrigo y, sobre todo, sin alimento.

Superando sus escrúpulos físicos y morales, se vieron obligados a alimentarse de los cuerpos de sus amigos fallecidos como único modo para mantenerse con vida mientras preparaban un plan para escapar de la montaña.

Al final, dos de los supervivientes, Nando Parrado y Roberto Canessa, emprendieron una larga caminata de diez días a través de la cordillera. Fue un arriero chileno, Sergio Catalán, el que tropezó con los dos demacrados jóvenes y pudo dar aviso a las autoridades, que inmediatamente procedieron a su rescate en la cima de los Andes, mientras el mundo se sorprendía con el "¡Viven!" que publicaron los diarios al día siguiente.

Pacto entre caballeros. Hoy en día los supervivientes, con una sinceridad pasmosa y profundamente enraizada, cuentan a quien quiera escucharlos que toda su vida posterior al accidente se explica sólo por el "pacto" que realizaron en la cima de la montaña con sus amigos, los vivos y los muertos, para poder salir de allí. 

"No somos héroes. Héroes son los que murieron y nos hicieron sobrevivir, e hicieron el pacto con nosotros, y entregaron el cuerpo para que nosotros viviéramos. Y por eso hoy tenemos que honrarlos, y honrar la vida que ellos nos dieron", explicó a Efe José Luis Coche Inciarte. 

Otro de los que salieron de la montaña hace 40 años, Gustavo Zerbino, explicó la naturaleza del pacto de una forma más gráfica: "A mi hijo de seis años le preguntaron una vez como habíamos sobrevivido, y dijo: "Muy fácil, le pidieron prestados los músculos a sus amigos muertos para poder trepar la montaña"; una síntesis perfecta de lo que fue nuestro pacto".

"Eso está claro, nuestra historia no es una tragedia ni un milagro, es una historia de amor y vocación de servicio", resumió Zerbino. 

Y como mejor forma de agradecer el haber podido volver, desde su regreso hasta ahora, los esfuerzos de los supervivientes se han centrado precisamente en eso, en homenajear la vida en todos sus aspectos.

Como ejemplo de esta actitud, destaca a primera vista el gran amor que todos ellos volcaron hacia sus familias, sorprendentemente numerosas y muy unidas tras el paso del tiempo.

De los ventitantos jugadores del equipo de rugby de Old Christians y sus amigos que subieron al avión ese fatídico día, hoy hay más de 140 descendientes directos, según cálculos que, entre risas e indisimulado orgullo, hacen los propios supervivientes.

"Claro que no es una casualidad. Creemos que la familia es lo más sagrado que le puede pasar a una persona. Solos, desnudos, en medio de la inmensidad, perdidos en aquella montaña, lo único que importaba era volver a ver a la familia. Y haces cualquier cosa para eso. Y vaya que lo hicimos", apuntó Inciarte.

En ese sentido, el veterano superviviente aún se reconoció "impresionado" al ver cómo, tras pasar por "humillaciones" como "tener que comerse" entre ellos, pudieron responder con "dignidad y entereza", restableciendo su vida para "compartirla con los demás". Compartir lo positivo de su experiencia, para ser más exactos.

Enseñando a vivir. "Todos los días me despierto temprano para ver qué puedo hacer para el mundo que vivo, y devolver lo que el mundo me dio", apunta sin un atisbo de duda Zerbino, padre de seis hijos, farmacéutico, presidente durante años de la Unión de Rugby del Uruguay, colaborador de Unicef y de la ONG Rugby Sin Fronteras, y, como muchos de los supervivientes, orador y motivador de grupos humanos.

Y es que una de las verdades que también creen los supervivientes a pie juntillas es que con "humildad, compromiso, responsabilidad y perseverancia" se puede lograr el éxito que sea, como lo alcanzaron ellos en la cordillera.

"No es que el accidente nos cambiara, el que se fue banana (vividor), volvió banana. Pero aceleró el aprendizaje y nos enseñó a discernir lo esencial de lo secundario y no dejarnos manejar por la sociedad de consumo. Y eso se puede transmitir permanentemente", apuntó Zerbino. 

De hecho, varios de los supervivientes se dedican habitualmente a dar charlas y a motivar a grupos, e incluso han escrito libros sobre la materia, todos buscando resaltar como "gente común" puede superar con tesón y convicción, situaciones "extraordinarias". 

"Antes algunos de nosotros lo hacían y daban charlas por el mundo, pero creo que para la mayoría el cambio se dio en el 2002, cuando regresamos a Chile por el 30 aniversario y surgió la necesidad imperiosa de compartir esta historia con la gente, algo que antes era muy íntimo", recordó Inciarte.

Lo que comenzó como una especie de terapia se convirtió en "una sorpresa" para ellos, ya que no sólo les hizo "bien", sino que "hizo bien a las personas" que los escuchaban.

"Resulta que cada uno tiene su propia cordillera que trepar. Y resulta también que la gente disfruta conociendo a personas comunes y corrientes que pueden superar esos problemas", indicó.

Fundación viven. A raíz de ese viaje a Chile surgió en ellos la necesidad de profundizar en esa ayuda y de ese modo nació la Fundación Viven, formada por los supervivientes de la Tragedia de los Andes y por los familiares de aquellos que quedaron en la montaña. 

La fundación, que busca "ir al rescate de aquella gente cuya vida es una supervivencia diaria", pretende ser el legado de todos aquellos envueltos en esta historia.

"Nuestro principal programa es fomentar la donación de órganos, porque una de las partes del pacto que hicimos entre nosotros era que si uno moría, los demás podrían usar su cuerpo para regresar y poder decirle a las familias que siguen vivos en nosotros. Ese pacto demostraba coraje, valor, entereza, dignidad y entrega. Amor entre los seres humanos. Y eso es lo que implica la donación de un órgano", apuntó Inciarte.

Con su trabajo, la Fundación ha logrado multiplicar el número de donantes en Uruguay en los últimos tres años, además de impulsar una norma recientemente aprobada por el Parlamento uruguayo que declara donantes a todos los ciudadanos salvo que expresamente señalen su oposición.

Además, también desarrollan un programa para ayudar a los niños recién nacidos que tienen problemas cardiacos, financiando, enseñando y "buscando desesperadamente ayuda" a través de sus charlas e imagen pública para cumplir con este trabajo. Aparentemente, los dieciséis supervivientes son felices con esta labor que se impusieron para dejar un legado tangible de su experiencia.

"Es cierto, no hay nada más que reconocer. Se trata de que es más gratificante dar que recibir. Y, por lo menos yo, pero creo que el resto también, queremos dar más que recibir. La felicidad es algo que se tiene que merecer, y este es el camino a transitar", culminó Inciarte. 

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