Cuando se acerca el Mundial de fútbol, empieza a cambiar algo en el aire, se percibe que va a pasar algo, hay una especie de expectativa que se huele, se nota. Algunas cosas dan cuenta de esto: publicidades que hacen referencia a las cábalas, a los encuentros, a las comidas o bebidas que se comparten o al sitio elegido para ver cada partido. Entre todos esos rituales, muchos se fanatizan con el álbum de figuritas Panini y tratan de completar cada una de las 112 páginas con las imágenes de los jugadores y los escudos de cada federación. Esta vuelta, el Mundial va a contar con la participación de 48 países, muchos más que los 32 que solían estar. Más países, algunos que jamás fueron a un Mundial, como Uzbekistán o Jordania, nos hacen viajar y conocer himnos, nombres, colores y estilos de festejo. Los buscamos y los ponemos en el mapa, los empezamos a visitar en libros o en internet. A Jordania le vamos a prestar mucha atención porque está en el grupo de Argentina, jugamos el 27 de junio y seguramente, por esos días sabremos qué jugador es el más destacado, el que va a marcar a tal o cual de los nuestros, quién es el arquero o si el técnico es de ese país o es “importado”. Además, este álbum, tan codiciado por estos días, va a tener entre sus 980 figuritas, la cara de Lio Messi y la de Cristiano Ronaldo, última vez que compartirán las canchas y esas páginas porque ya los dos están jugando su último Mundial.
La cuestión de las figuritas no es privativa del fútbol, según la edad de quienes lean este artículo, recordaran las de Frutillitas, o las de brillantina que tenían un relieve porque estaban decoradas con brillitos en general plateados, pero que podían ser verdes o celestes en algunas ocasiones. Siempre había una figurita difícil, la que faltaba para completar el álbum y ganarse la muñeca vestida de novia o la pelota de cuero número 5. Un hombre de ochenta y pico recuerda: “yo tendría diez, once años, sería el 50, por ahí. Quería completar el álbum, pero no había forma de conseguir la número 310, me acuerdo con nitidez, esa no la tenía nadie”. Y después continúa: “los álbumes traían figuritas de temas variados: de deportes con ciclistas, automovilistas – te podía tocar Fangio-, jugadores de fútbol y también personajes patrios o algunos superhéroes que eran de una revista que se llamaba Rayo rojo. El paquete costaba 5 guitas, me acuerdo muy bien”. Luego, colorea contando algo más: “parece ser que la tan mentada figurita difícil, era en realidad, imposible, porque ni siquiera estaba impresa. Evita, por esos días, se hizo eco de lo que pasaba y se acercó a hablar con la empresa que las fabricaba y distribuía, les dijo que, si no aparecían algunas por lo menos, se estaba tratando de una estafa”. Después de esa intervención, se consiguieron algunas figuritas con el número 310 en el reverso.
Otra anécdota muestra que la manera de jugar a las figuritas dice mucho de la personalidad de los chicos. Escuché una de dos hermanitos, uno ganaba siempre y el otro no. El abuelo de ambos, los observó y descubrió que uno miraba fijo, concentrado antes de lanzar la chapita redonda contra la pared, mientras que el otro se mataba de la risa al tiempo que las lanzaba distraídamente hacia atrás. Los dos se divertían muchísimo.
En alguna época, se usaba exclamar, al abrir el paquete ¡nola! o late… con gesto de decepción porque estaba repetida, nola – no la tengo- y late -la tengo- ¡otra repetida! Tal vez entre algunos grupos se siga diciendo de esa manera.
Quizá no sea lo importante llenarlo todo, tener cada página sin que falte ninguna imagen, probablemente la gracia de todo esto esté en la adrenalina al abrir cada paquetito. La búsqueda en los recreos de alguien que quiera intercambiar, el tacto de la hoja donde algunos rectángulos son más suaves, con un levísimo relieve, porque tienen la figu pegada al lado de otros que aguardan, paciente o impacientemente, ser completados porque por fin, salió en el último paquete abierto. Y si la que sale es la del Dibu, cartón lleno, aunque al álbum todavía le falten espacios para completar.
