Cuando se escucha esa palabra se la puede asociar a dos cosas, por lo menos: a las que quedan en el cuerpo, como una cicatriz, o las que señalan una identificación comercial.
Los tatuajes son una de las marcas que más se ven en los últimos años, cada vez más, al punto que antes para ser donante de sangre era necesario no tenerlos y ahora sólo piden que no se hayan hecho durante el último año. ¿Y por qué se harán esos tatuajes? Una vez escuché que las personas se marcan en la piel lo que no pueden grabarse de manera simbólica, como que necesitan tener una especie de recordatorio en el cuerpo de lo que realmente les parece valioso. Lo más probable es que sea una moda de nuestro tiempo y se elijan diseños que queden para siempre porque son estéticos o porque el fanatismo futbolero lleva a ofrecer el antebrazo y bancarse los pinchazos. O porque se tiene ganas.
La expresión “la marca en el orillo” se usa para decir que alguien tiene un sello distintivo, algo que muestra su calidad, una metáfora para señalar una distinción, una connotación positiva. En cambio “mostrar la hilacha” se utiliza para decir que alguien, sin querer, dejó ver sus defectos, sus verdaderas intenciones, la hilacha es la marca del defecto. Es muy triste que el origen de esta expresión, que hoy todavía se utiliza, esté vinculado con la época de la Inquisición, cuando se perseguía a los judíos y, en España, se los obligaba a convertirse o emigrar. Los conversos, muchas veces seguían manteniendo su fe en secreto y hasta usaban el Talit que es un manto que tiene flecos, por debajo de la ropa “civil”. Cuando se dejaba ver alguno de esos flecos, se decía “ya mostró la hilacha”. Sería bueno dejar esa expresión en el pasado.
Otra frase ligada a esta palabrita es Cartas marcadas, y ahí se puede pensar en hacer trampa, en torcer el azar a favor de un deseo. La marca externa para saber qué hay detrás, del lado invisible.
¿Y las marcas de los productos? Hay casos en que ganan tanto espacio en la vida cotidiana que la marca ya se considera un genérico. Se recordará cuando recién aparecían los teléfonos celulares y se decía “te llamo al Movicom” o hace muchos años atrás, nadie decía aspirina para combatir un dolor: “¿te duele la cabeza? ¡Tomate un Geniol!” Y no se pensaba que se trataba del nombre comercial. Eso fue así en la Argentina hasta que la empresa Geniol fue comprada por Mejoral y los nuevos directivos pensaron que era buena estrategia cambiarle el nombre. Conclusión: otra empresa, Bayer, se quedó con la mayor parte del mercado con la Bayaspirina y la Cafiaspirina, una verde y una roja, encima con un diseño de blíster que hasta los ´70s no se conocía y resultaba bastante llamativo.
A veces se escucha decir “tal o cual persona es marquera” para señalar que le gusta vestirse, usar cosas de marcas reconocidas, una manera de demostrar estilo, pertenencia, de ser a partir de lo que se usa. Un slogan de hace tiempo decía: “la imagen no es nada, la sed es todo” pero en realidad, lo decía como para vender una determinada marca de gaseosa. “Just Do It, sólo hazlo” y hace pensar que una marca de zapatillas y ropa deportiva te puede dar el valor suficiente para hacer las cosas y llegar a la victoria.
Las arrugas, las estrías, las canas son también señales del paso del tiempo que nos deja marcas en la piel, en el cuerpo, a lo largo de la vida, mientras vamos transitándola. O las marcas de nacimiento, los antojos, esas manchas que se tienen desde siempre y encuentran explicación en una narración escuchada desde la niñez: “yo tenía ganas de tomar café y por eso tenés esa manchita marrón en la pierna”, “me quedé con las ganas de comer frutillas, entonces te quedó esa especie de lunar rojizo en la rodilla”. Son esas marcas que ni siquiera son propias, las heredamos, aparecieron por algo que deseaba nuestra madre. Eso, si creemos en la cuestión de los antojos.
En definitiva, las marcas que nos ponemos, las que nos deja el paso del tiempo, las que elegimos tener o borrar, las que heredamos, siempre dicen algo de nosotros, de una búsqueda, de lo que somos o lo que deseamos ser. A veces la suerte no nos acompaña – La suerte juega con cartas sin marcar, no se puede cambiar- y no conseguimos eso anhelado, pero otras veces, sí y nos queda una sonrisa en la cara, marca de felicidad.
