Martín Menem.

La realidad de la política argentina muchas veces termina siendo un meme de los que circulan por internet. Si hay que reírse sería de los nervios, puesto que no hay forma de hacerlo con la crisis que hay en términos económicos. Como sea, el Gobierno nacional ha emprendido por segunda vez la tarea de buscar consensos para avanzar en su proyecto disparador, la ley Bases.

Aunque más reducida que la versión original, la mega-norma es considerada como el big bang de lo que el Ejecutivo quiere implementar en estos cuatro años, en función de su visión liberal, desestatizadora y desreguladora de la vida de los argentinos. Hay algo importante: la Casa Rosada aprendió de su primera frustración, cuando la ley ómnibus se cayó en febrero, y ahora está dispuesta a reunir todos los avales necesarios.

Eso requiere paciencia y cierta apertura. No es poco abrir las orejas y agudizar la mirada en perspectiva porque hay cuestiones, como la reforma laboral, que merecen una discusión aparte, más allá de todos los intereses que puede tocar.

Con todo, es increíble que mientras la oposición se presente más o menos ordenada, a pesar de que se ha fragmentado en tribus políticas, y que ahora el que muestra un quiebre que profundiza su debilidad parlamentaria es el oficialismo. La novela que explotó en la comisión de Juicio Político es inaudita.

Para negociar las transformaciones que desea, el Gobierno tiene que mantener cohesionado y coherencia en más de un aspecto. No puede estar explotando en internas, porque quita seriedad y fuerza a la negociación, a sus acciones y, en mayor profundidad, a las instituciones. La madurez política está lejos de terminar un discurso a los gritos y de culpar al periodismo cuando las preguntas no agradan o se responden barbaridades.