El debate político que se está dando en Mendoza, al menos el que se evidencia en público entre las figuras más representativas, debe estar pasando casi sin duda alguna por sus peores momentos. Es evidente que, como sucede con todo, –incluyendo al periodismo, se aclara, para que los aludidos no sientan que se comente una injusta referencia y sólo hacia ellos–, la debacle es generalizada. La crisis que se ha apoderado de la Argentina desde varios años a esta parte no sólo es económica, de ninguna manera. Es cultural y educativa, por sobre todas las cosas.
La decrepitud en el proceso de educación formal de la sociedad, todo así lo estaría indicando, ha impactado en todos los frentes: además de las urgencias más apremiantes, como la falta de dinero para vivir, partiendo desde lo más simple, no hay buenos empleos. No hay empleos de calidad porque tampoco hay gente preparada para cubrir los puestos que se requieren en un nivel superior; pero tampoco es que proliferen las empresas que debiesen ofrecer tales puestos, porque tampoco existen en número suficiente; y no existen porque estamos en una tierra que no está ofreciendo incentivos ni motivos suficientes como para que se asienten o se desarrollen en gran número. No las hay ni tecnológicas ni industriales ni de ninguno de los sectores que generan y producen riqueza, que es la que permite el desarrollo de la sociedad. La crisis ha degradado todo y no sólo impacta en la economía, como es de esperar, sino en todo lo que nos rodea y claro que en los principales servicios que presta el estado, entre ellos, el de la seguridad.
El punto es que Mendoza no puede salir del pantano. Entonces, la política parece divertirse preparándose para la gran discusión que se avecina para elegir a las nuevas autoridades institucionales, en todos los niveles. El 2023 será el gran año del recambio tanto en el Ejecutivo como en el Legislativo, en la Provincia y en las intendencias. Las figuras, es común y normal, hacen sus primeros movimientos frente a la contienda que será por ideas, o cuando menos debe ser por los mejores proyectos de provincia y de municipio que las fuerzas puedan mostrar y ofrecer. Y se eligen contendientes, rivales, adversarios con quienes disputar.
Así como durante el gobierno de Alfredo Cornejo el actual senador le apuntó directamente a Anabel Fernández Sagasti como la jefa de la oposición, la subió al ring y, prácticamente, la transformó en la figura más importante del peronismo, el gobernador Rodolfo Suarez parece seguir la misma estrategia y, entre el menú que tiene enfrente, ha optado por Lucas Ilardo. Ambos han visto las encuestas, las propias. A Cornejo, en su momento, los sondeos le indicaban que había una marcada revulsión hacia el kirchnerismo y que quien se llevaba todas las miradas por su cercanía a Cristina Fernández de Kirchner era la actual senadora. Fernández Sagasti era, y sigue siendo, Cristina en Mendoza. Enfrentar a Fernández Sagasti era tener al kirchnerismo vivo y coleando en una provincia reacia a su modelo e ideas.
Hoy Suarez sigue el mismo camino, pero en vez de la senadora nacional dirige su mirada hacia el senador provincial, líder de La Cámpora y principal motor de casi todo lo que se ve del peronismo en movimiento. Fuese poco o mucho, Ilardo ha intentado mantener con vida la débil llama que calienta a la principal oposición con ese tour provincial al que llamó Derribando mitos. El de Suarez es el mismo método de Cornejo; sólo lo diferencia el contrincante. Para Suarez, Ilardo es sólo un “pibe” fanatizado con el que es imposible acordar algo, mientras que, para Ilardo, Suarez es un “holgazán” que anda buscando siempre motivos y excusas para no trabajar. Lo que están ofreciendo, como se ve, no parece ser demasiado productivo.
Los diez años de caída sostenida en la provincia de todos sus indicadores son motivo suficiente como para dar una vuelta de página hacia lo que viene y elevar la mirada y la puntería. Digamos que cada frente debiese poner a trabajar una suerte de usina de ideas y de proyectos para probarlos en Mendoza. Algo está haciendo Omar De Marchi; también algo se ve en los intendentes con más proyección que tiene el oficialismo, como Tadeo García Zalazar desde Godoy Cruz y Ulpiano Suárez desde Capital, ambos con miradas muy parecidas, atravesadas por el medio ambiente, la economía del conocimiento y las nuevas tecnologías. Pero deben apretar el acelerador y hacer foco en lo más necesario y urgente, que tiene que ver con las necesidades del punto de vista económico claramente, permitiendo el desarrollo de todos los sectores frente a las carencias expuestas de la provincia.
Por lo que le queda de gobierno, para su último año, además de agitar el debate político inconducente que tiene con las principales figuras de la oposición, como el que ha inaugurado con Ilardo – le asiste el derecho de mostrar los contrastes que lo diferencian de sus adversarios–, Suarez no tendría demasiado margen para reactivar el Consejo Económico, Ambiental y Social (CEAS), el que hizo sesionar por buena parte del 2021 y el 2022 que está terminando, aunque sin resultados gravitantes. No tiene muchas alternativas, aunque crea, como buena parte del arco oficialista, que está corriendo con el caballo del comisario; un caballo cansado, hay que decir, además de desanimado y desgastado. Un caballo que puede darle el triunfo, pero de vuelo corto, sin cambios disruptivos y revolucionarios, que son los que necesita la provincia; un caballo que perdió el efecto de lo nuevo y de la sorpresa, factores que siempre animan a una mayoría de personas que quieren un cambio, pero de verdad. No más de lo mismo.
