El 10 de marzo de 1993 fue la última vez que llegó el tren a la estación de la capital de Mendoza. Desde aquella época, toda la formidable red ferroviaria que había servido para integrar el país en lo comercial y lo social se fue desmoronando tras las privatizaciones. Incluso, pueblos que vivían gracias a este medio de locomoción se fueron agotando hasta desaparecer o su tejido social se vio seriamente dañado, puesto que movilizaba la economía.

Durante muchos años, las viejas estaciones ocupadas por familias eran postales de la miseria.

Ha habido muchos proyectos para reflotarlo. El hecho de que una formación haya llegado a Palmira es una buena señal de reactivación. Sin embargo, todavía se está a años luz de contar con las condiciones óptimas para tener un servicio de primera. En principio, por el mal estado de las vías, en las que hay que realizar una inversión importante. Luego, se deben reparar las mismas unidades para que estén a la altura de lo que puede verse en otras ciudades del mundo. Esto haría que el ferrocarril volviera a ser una opción de transporte. Si una formación tarda, como sucedió, 36 horas, entonces no se convertirá en la alternativa al colectivo o al avión. El tiempo es algo caro. De nada sirve que los precios sean accesibles si no garantiza que llegará en hora y en el menor tiempo posible. Este tipo de iniciativas deben volver a tener una planificación, puesto que el aporte es global, tanto para el turismo como para las economías regionales. Sin la
necesaria modernización, que viene con inversión, sólo es un relato que se queda en la nostalgia.