La capital de Mendoza supo tener desde los 80 en adelante una reconversión urbana que la llevó a ser una de las más modernas del país. Y siempre se destacó por la higiene en la vía pública. Hubo mejores e irregulares gestiones a lo largo de los años en los que distintas transformaciones sociales y cambios culturales hicieron que Ciudad luciera mejor o peor, más ordenada o más sucia. Pero, sin dudas, esta época de tribus urbanas y prácticas que modifican el espacio público, ya sea para iluminarlo estéticamente o, incluso, para destrozarlo, está dejando su marca. El problema surge cuando este tipo de actividades termina degradando las paredes y no hay ninguna respuesta efectiva del Municipio.
Los grafitis son esta expresión. Un intento de apropiación de la calle que termina en vandalismo, toda vez que actúa sin el consentimiento del propietario de un inmueble donde se inscribe esa necesidad de dejar un garabato con spray. Quedará para otra esfera opinar si es arte. También han fallado los resortes institucionales para canalizar toda esa corriente que termina en paredes y muros sin distinguir propiedad privada ni pública. No es cuestión de, simplemente, reprimir pero, evidentemente, las instancias de educación, ya sea en la familia o desde las instituciones, han fallado.
Allí debería haber un pacto de urbanidad para respetar lo que no es de uno, a la vez que podrían crearse los ámbitos o instancias para sus practicantes, sin que tengan ellos que hacerlo en condiciones riesgosas, como introducirse a un canal o realizarlo a una altura considerable. Un acuerdo entre organismos, individuos y, si es necesario, con padres, que permita el respeto por el patrimonio de todos. Una ciudad no puede transformarse en un escracho visual.
