Los actos por el Día de la Lealtad peronista suelen caer en contradicciones políticas. Se trata de una puesta en escena donde lo que prima es la movilización, el músculo. Y, luego, la palabra. La manifestación de este año demuestra cuán atada se encuentra a las elecciones del 2023, pero también a las tensiones internas que hay en el oficialismo. Así, una facción pide sumarse a la mesa chica del poder y no quedar fuera de las todavía lejanas listas de candidatos, mientras que la otra se ufana de cuestionar a su propio gobierno. Es el país que tenemos con el partido que está al frente y sus necesidades políticas.

Los tableros cambian rápidamente en el volátil teatro político nacional; y para los comicios que definirán al próximo presidente aún falta, incluso, atravesar un verano en el que no pocos buscarán posicionarse para las definiciones. Hay que recordar que hay todo un territorio nacional detonado por problemas no circunstanciales que no se resolverán con programas de consumo en cuotas a dos años. El inconveniente, entre otros, sigue siendo la sintonía fina que tiene la dirigencia política con relación al pulso ciudadano de la calle.

Tampoco se supera con bonos que se van dando continuamente, porque la cuestión de fondo en la economía, que es la inflación, sigue tapándose con parches. Así, tuvimos una jornada de marchas a favor del Gobierno, pero, al mismo tiempo en su contra. Parece un sinsentido, pero es la lógica del poder: lejos de lo que hay que resolver.