No hay forma de que a un empresario, por un lado, y a un trabajador, por el otro, les vaya bien en una Argentina en la cual para negociar los aspectos salariales predominen ante todo los códigos mafiosos. Todos entienden que la inflación va por delante de los salarios. Que hay que acercar posturas y porcentajes, pero distinto es el camino que tratan de imponer los Moyano, en el que lo que sobresale es el apriete, la negociación sin margen.
La estrategia de este sector de la economía, que en el manejo gremial ha sido copado desde hace años por una familia que se mantiene en el equilibrio del poder con los gobiernos de turno, al punto de condicionarlos sin distinción del signo político, es indiscutible.
Una medida de fuerza que bloquee empresas o que deje sin el transporte de cargas, que afecte a los caudales y la recolección de basura, postra al país ante las arbitrariedades del clan. Ya lo ha dicho, incluso, la actual ministra de Trabajo: los reclamos propician a su vez la desigualdad con otros trabajadores y hasta influyen en la dinámica inflacionaria.
Más allá de los reclamos, se necesita que las discusiones permanezcan dentro de los carriles de lo racional y de lo posible, antes que de la patota y las bravuconadas.
