El dato más temido por este gobierno, el que muestra cómo los precios les están ganando por paliza a los salarios, terminó evidenciando después de días de cálculos que los bolsillos han tocado fondo, que no hay economía hogareña que aguante ni capacidad para proyectar nada, ni lo que puede prever una empresa ni lo que puede recoger una familia en un carrito de supermercado. El panorama hacia delante podría dar alguna certeza, pero lo que agrava todos los problemas de la macroeconomía son las fuertes tensiones que existen en el interior del Gobierno y de la alianza oficialista.
Es inconcebible que estos desacuerdos atraviesen, puntualmente, el ministerio que tiene que hacerse cargo de resolver la marcha inflacionaria, en el que la cabeza de esa cartera está en conflicto con quien maneja las políticas energéticas. Ni hablar de que los dos principales referentes del oficialismo no se hablan, lo que es una situación inaudita en la historia política.
Desde ahí hacia abajo, puede esperarse cualquier cosa. Lo que predomina, entonces, es un escenario similar a una pelea de estudiantes por un centro universitario, cuando lo que trasciende es la salud económica de un país.
Por más que haya paritarias, por más que el Banco Central congele la economía con la tasa de interés, por más que baje el dólar blue, no hay chances de que el horizonte financiero pueda mejorar si se mantiene este desmadre interno, porque no hay una dirección unívoca hacia donde avanzar.
