La necesidad electoral tiene cara de hereje –si nos permiten la adaptación del conocido dicho–. Es que, en las dos últimas gestiones, cada oficialismo, el de Mauricio Macri, por un lado, y, ahora el de Alberto Fernández, tomó medidas de urgencia para tratar de revertir un resultado adverso en los comicios. Así se aceleraron iniciativas para tratar de recuperar la sintonía con el ciudadano que tiene que elegir. Como dicen, el elector no es tonto y, más allá de lo ideológico, también apela al sentido común.

El hecho es que lo que predomina sobre la dirigencia política argentina es la mirada a corto plazo: cada medida en beneficio de ciertos sectores, como aquellos que pagan monotributo o los que no tributarán Ganancias luego de que sus salarios se readecuaran por la inflación. Hay más ejemplos de este tipo, caracterizados más que nada por la urgencia que por la proyección, y por la conveniencia –política, en este caso– antes que por la decisión de superar un problema estructural.

Y, de esta forma, los problemas se tapan con curitas que, con el tiempo, requerirán otros parches. Bajo esta visión, que no se despega de la coyuntura, lo que no se permite es la capacidad de sentarse a discutir y convenir cuáles son los problemas a resolver de una buena vez y los caminos posibles a tomar. No sólo se pierde la posibilidad de los grandes acuerdos que trasciendan una gestión, también quedamos sujetos, dirigentes y ciudadanos, a un presente de errores agudos que nunca terminan de resolverse. Una agonía.