En el 2006, durante la gestión de Néstor Kirchner, la inseguridad era el problema que estaba a la orden del día para el ciudadano. En ese entonces, el ministro de Interior era, nada menos, Aníbal Fernández y destiló una oración que le provocó durante años y años más de una crítica porque suponía, en parte, una frase arrogante y, en parte, una justificación de lo que un gobierno no se termina de hacer cargo. La cita es famosa: “La seguridad es una sensación y los medios la generan”. Hoy está arrepentido aunque ha tenido otras “anibaladas” peores y, por las vueltas de la vida, ocupa el ministerio a cargo de la lucha contra los delitos.
La preocupación pasa actualmente por la economía y, puntualmente, por la inflación.
Otro que dejó una oración para el manual de zonceras es Matías Tombolini. “La inflación es una percepción”, arrojó sin más el encargado desde hace poco de que los precios no aumenten. Ambas situaciones no sólo dejan mal parados a aquellos que están ahí para gestionar soluciones a los padecimientos de los argentinos. Hay una cuestión que tiene que ver con la empatía, con ponerse en los zapatos del otro y saber lo que cuesta caminar y encontrar mejores valores en las góndolas.
El discurso político no puede estar encapsulado en su propia salsa, donde se autojustifica con estas expresiones. Puede servir para la tribuna propia, pero, en rigor, queda en falta con las demandas de la realidad. Y dejan al funcionario en cuestión en posición adelantada, puesto que se revela de manera brutal que no está capacitado para el cargo.
