Hasta el momento, nadie tiene en claro cuál es la función del Ministerio de Género. Lo concreto es que las medidas que se han adoptado desde el inicio de la gestión para frenar la violencia contra las mujeres son meramente declamativas, con un énfasis de corte teórico sociológico posterior a un crimen. Esta vez, luego de la violación en manada o en grupo contra una joven en Palermo.

La discusión parece haberse instalado allí, en cómo debe calificarse a los violadores, si se debe utilizar el término “violación en grupo” y no “en manada”, lo que corre del eje de la discusión la barbarie con que actuaron. Con un agravante: la ministra Elizabeth Gómez Alcorta se refugia en un discurso ambiguo, carente de pragmatismo y con el cual instala la idea de que todos los hombres son violadores hasta que demuestren lo contrario.

Acaso, la funcionaria termina justificando la violación, como si fuese una consecuencia por el proceso de socialización de quienes atacaron a la chica y licúa la responsabilidad penal sobre ellos.

Se trata de una postura que no solo discrimina, sino que falta el respeto. Y que se agrega a los silencios cómplices de la cartera cuando el victimario es cercano a su espacio político.