Por estos días, la clase política mendocina se ha visto involucrada en un debate que escaló hasta el máximo tribunal de Justicia de la provincia. No era uno de esos problemas que abren las grietas entre oficialismo y oposición, sino, en apariencia, una cuestión menor, de índole cultural: si Guaymallén debía presentar o no reina en la Fiesta de la Vendimia.

La discusión por la tradición vendimial de las soberanas es un debate que recién empieza. Si la fiesta máxima es un certamen de belleza o pretende ser otra cosa con sus representantes será, tal vez, una discusión que tendrá sus pasiones, pero también sus razones. Igualmente, cada municipio será el que lo decida, porque para eso tiene la autonomía que le garantiza la ley. Pero, también es cierto que estas polémicas deben tratan de resolverse desde lo político y con el mayor consenso posible para evitar que lleguen a judicializarse.

Hoy, a Mendoza no le sobra nada. Está peleada consigo misma por su desarrollo, arrastra problemas estructurales y otros que ha agravado la pandemia, las calles siguen en mal estado, la inseguridad está a la orden del día y la última tormenta ha hecho estragos entre los productores.

Faltan ideas para generar más riqueza, en lugar de alimentar el elefante estatal. Por donde se la mire, la agenda de lo urgente no deja de apretar y, justo cuando la pandemia aflojaba, para colmo, ahora el horizonte está definido por una guerra que puede afectarnos por algún costado, principalmente, el económico. Acá es donde debe estar puesto el foco de nuestra dirigencia.