La situación, por absurda y tragicómica que parezca, existe. Hoy, en Argentina, se debate si es necesario que chicos y chicas asistan a clases presenciales. La discusión se da con el antecedente aún fresco de todo el 2020 sin que las escuelas estuviesen abiertas, con la virtualidad como un paliativo, pero no más que eso.
La realidad marca que, a pesar del esfuerzo de miles de docentes, padres y alumnos y del uso de la tecnología y las redes sociales para comunicarse, nada puede remplazar el contacto personal. Y hay más: la imposibilidad de asistir a las aulas durante un ciclo lectivo completo profundizó las diferencias sociales, a tal punto que dejó a miles de niños fuera del sistema educativo.
La escuela, como institución y como estructura edilicia, es más que un lugar para aprender a leer, escribir, sumar y restar. Es el ámbito donde los chicos se desarrollarán cognitivamente, compartirán experiencias, alegrías y angustias. Se sentirán pares e incluidos en un espacio en común, a pesar de las asimetrías que puedan existir fuera. La escuela es contención.
Si no hay datos científicos que avalen y justifiquen la interrupción de las clases presenciales, pues, entonces, es momento de que cada uno revise cuál es el límite que se le pone a la militancia. Hasta último momento hay que pelear por tener las aulas abiertas, con protocolos establecidos y con cuidados de todo tipo. Armar estrategias que sirvan para que las restricciones se conviertan en el único recurso. Pero debe ser una política de Estado, un objetivo en común transversal a las diferencias ideológicas. Y, si acaso sea imperioso hacerlo, se hará.
Se pueden intercambiar pareceres a partir de evidencia. Dentro de la ciencia, todo. De otro modo, no son más que movidas y especulaciones políticas.
