En ocasiones, en política, es necesario jugar a ser abogado del diablo. Sirve especialmente para derrumbar los dobles discursos y la doble moral. Cada parte suele tomar una versión de la realidad para distorsionarla, generar un relato e intentar convertirla en una verdad, más allá de los datos duros.

En la situación epidemiológica actual es posible que haga falta aplicar más restricciones para bajar la movilidad de personas, tal vez sin llegar al extremo de suspender las clases; una decisión buscada por los gremios docentes, pero que no tiene ningún asidero científico. Los sindicatos docentes no quieren trabajar como lo hacen las otras actividades.

Pero, volviendo a las medidas que sí son necesarias, el Gobierno nacional puede tener algo de razón en este punto. Hay mucha gente en la calle y, frente a la ola de contagios, el aislamiento aparece como la única medida a mano. Sin embargo, no se llegó de la noche a la mañana a esta condición.

Tanto ahora como en el inicio de la pandemia, Argentina corrió con la ventaja del tiempo, y se cometió el mismo error. Primero, por desidia. Después, por desmanejos que no tienen una explicación lógica que vaya más allá de las sospechas de corrupción, con el vacunatorio vip como punta de iceberg.

Ninguna campaña de prevención puede ser efectiva si quien emite el mensaje carece de credibilidad. Eso fue lo que ocurrió. Hubo un relajamiento social, es cierto. Fue después de una cuarentena larguísima y sin argumentos, fue luego de una recesión profundizada por una inflación galopante y, sobre todo, por vacunas que se prometieron y no llegaron.

La necesidad es trascender la crisis y subsistir como se pueda. Educarse, ganarse el mango y arriesgarse. Porque quedó claro que el Estado que debía cuidar no lo hizo.