En otros tiempos, era Luis D´Elía, o hasta Hebe de Bonafini. Allegados, conversos, interlocutores de lo que las figuras no podían decir abiertamente y hasta exigentes con su propia gestión lo que los llevaba al choque permanente. Y tal parece ser actualmente el papel del dirigente social Juan Grabois en la actual configuración del kirchnerismo. 

El líder de la CTEP, referente de trabajadores excluidos, vinculado al Vaticano por medio del papa Francisco, es una figura incómoda para la gestión nacional. Su incursión en un campo de propiedad privada por varios días llevó una interna familiar a un conflicto político al plano nacional que avivó históricos resquemores y celos hasta que la Justicia definió su salida. Ahora, su viaje como veedor a Colombia, un país que atraviesa una profunda crisis, se convirtió en otro dolor de cabeza. La cuestión, entonces, es cuál es el rol que tiene en el oficialismo y por qué a menudo el Gobierno tiene que salir a justificar sus acciones.

La polémica intervención de Grabois ha propiciado un entredicho entre Colombia y Argentina. Innecesario en un plano en el que lo que menos se necesita son nuevos frentes abiertos en cuanto a relaciones bilaterales. Sin embargo, el Gobierno suele suscribir a estas acciones. Son parte de los errores no forzados y que suelen generar papelones en el mundo.