Durante los últimos días, y a partir de la conmemoración del Día de la Mujer, ocurrieron diferentes tipos de manifestaciones que tuvieron como objetivo visibilizar situaciones de violencia machista; episodios de la vida cotidiana donde la perspectiva de género aún no ha sido incorporada y que atentan contra la idea de igualdad.
También hubo discusiones fuertes sobre cuál es el alcance del feminismo y sobre las diferentes maneras de expresarlo. Es un debate que tiene cierta lógica en medio de un contexto social donde diferentes corrientes hacen oír sus voces, las cuales, a pesar de los puntos de contacto, no siempre son coincidentes.
Sin embargo, hay situaciones que demuestran que todavía es largo el camino por recorrer en esta temática. No son pocos los ejemplos de casos de mujeres que se muestran combativas en las redes sociales pero que, cuando tienen el poder para enfrentar situaciones de violencia contra sus pares, deciden mirar hacia otro lado o buscar justificativos que no hacen más que causar revictimización.
Modificar estas conductas forma parte del cambio cultural que hace falta para ponerle fin a la violencia de género. No puede haber una disparidad de discurso según la cara de la víctima o según la simpatía que pueda despertar el victimario.
Poner la carga de la prueba sobre la mujer que denuncia, en lugar de investigar en profundidad al denunciado, o creer que se trata de situaciones privadas de una pareja, sigue siendo una práctica habitual entre quienes deben administrar justicia. Y es precisamente ese el molde que hay que romper. Se necesitan más hechos y menos declamaciones. Si no, a través de esas grietas, se filtran los violentos.
