En un contexto tan complejo como el actual, abrir la posibilidad del turismo receptivo con Chile puede convertirse en una bocanada de aire fresco; en especial si se tiene en cuenta la cercanía de Semana Santa, una fecha que históricamente ha sido aprovechada por nuestros vecinos para cruzar la cordillera cuando el cambio monetario resultó favorable.

Con el paso cerrado hace un año por causas más que conocidas, no hubo manera de evaluar el impacto de la debacle financiera argentina en el poder adquisitivo de los chilenos; en otras palabras, la experiencia de recibir visitantes ávidos de adquirir productos locales y con dólares que escasean en el mercado.

El turismo en Mendoza, como industria, tiene dos facetas que se identifican con claridad según el origen de las personas que llegan a la provincia: el turismo interno, por un lado, con un consumidor austero que se enfoca más que nada en actividades que ofrecen las bellezas naturales; y, por el otro, los extranjeros que llegan seducidos, además, por el costo y por las opciones de alto nivel que encuentran en esta tierra.

Si se concreta de manera exitosa la idea de recibir chilenos que presenten certificado de vacunación COVID-19, entonces, la experiencia podría replicarse con ciudadanos de todo el mundo, con esa condición como única exigencia. En ese punto, tiene que haber una reacción inmediata para salir a venderse fronteras hacia fuera como un destino que represente el día después de la pandemia y un acercamiento a la normalidad. Tiene todo para hacerlo.