La marcha organizada contra el Gobierno tras conocerse el escándalo del vacunatorio vip desnudó, como pocas veces, la estrategia de apelar a lo simbólico para, de esa manera, intentar ocultar la realidad o, en todo caso, maquillarla.
Durante la protesta se vio una performance de mal gusto, pero que no fue diferente de las vistas durante las convocatorias a favor y en contra de la despenalización del aborto o para reclamar por la cantidad de femicidios acontecidos en Argentina, por ejemplo.
El oficialismo intentó hacer foco en ese punto. Y, de manera intencional, le dio una interpretación equivocada a esas bolsas mortuorias que se vieron en la Plaza de Mayo. No representaban un deseo de la muerte de los personajes beneficiados por la irregularidad cometida con la inoculación de las vacunas. Era, al contrario, la muestra de las personas que podrían haberse salvado si el reparto de dosis hubiese sido de manera justa y no a través de contactos o favoritismos políticos.
La línea que bajó desde la Casa Rosada fue claramente una falacia que se convirtió en el argumento que su militancia aprovechó para amortizar el golpe sufrido tras descubrirse el desmanejo que se hizo con las vacunas y las maniobras posteriores, que buscaron legitimar una conducta enfrentada con la ética, la moral y la legalidad.
En el barro de lo simbólico, los hechos reales se convierten en víctimas. Primero, porque la discusión deja de ser sobre temas concretos y se pierde en los relativismos. Y segundo –y principal– porque cuando se debate sobre creencias y supuestos, aquellos que tienen una formación dogmática y una doctrina casi religiosa llevan las de ganar.
