Durante los primeros días de la pandemia existió la idea de que esta crisis a nivel mundial iba a sacudir las estructuras de la sociedad de tal modo que, por alguna razón o de alguna manera, nos iba a convertir en mejores personas. Más allá de la creencia benevolente de que íriamos hacia un mundo mejor -por qué podríamos discutir esa aspiración- lo que sucedió finalmente en el transcurso del año fueron hechos que profundizaron muchas desigualdades. 

Uno de ellos nos conmovió. Sucedió cuando a un padre se lo vio caminar con su hija en brazos para poder ingresar a su provincia y estar en su hogar. La niña y su familia luchaban contra una enfermedad y la burocracia, o la desidia, o la arbitrariedad, o todo eso junto, les negaron el paso en su vehículo cuando volvieron del hospital donde acudían al tratamiento. 

Fue, realmente, una situación indignante. Porque reveló las arbitrariedades en las provincias para gestionar la pandemia. Y cuya reacción fue más allá de las redes sociales, donde la imagen del padre con su hija se viralizó. Expresó el cansancio de la ciudadanía sobre una cuarentena ya desgastada por las mismas figuras que la justificaban. 

Se fue Abigail. La niña que nos mostró que todavía en este país hay innumerables cosas que resolver y que el virus sólo hizo más visibles, más agudas y más dolorosas.