Las diferentes encuestas que suelen llegar a los medios de comunicación sobre la imagen de las principales figuras políticas del país y de la provincia son un termómetro que marca los vaivenes de cada gobierno. Esos estudios miden el humor social, que no son una cuestión menor porque dan cuenta de cómo han caído las decisiones que se han tomado en el último año.
Pero también hay otros termómetros. Uno de ellos es la canasta básica y el dato impactante es que tuvo una inflación de 46% en Mendoza a lo largo de 2020. En un año en que el crecimiento de los salarios no ha corrido a la par, la cifra de lo que cuesta mantenerse por arriba de la línea de pobreza es cada vez más alta.
La inflación es un proceso de demolición del poder adquisitivo de las familias. Y por ende, de empobrecimiento. En alguna medida, agravará los problemas sociales que venimos trayendo desde años. A una familia humilde le costará cada vez más comprar la leche o los pañales. A los que pueden costear con cierta dificultad los alimentos, a lo mejor tendrán que recortar las salidas. Es una cadena que afecta a más de un sector de la economía.
Por eso, quizás la caída en la imagen de los gobernantes que un año atrás tenían una altísima adhesión, esté relacionado hoy por hoy con los precios que nos encontramos en las góndolas.
