Con un kilo de cerdo diario que coma el tipo es capaz de hacer el amor quince veces, incluyendo una con su mujer. Un matrimonio ya entradito en años va a la farmacia y pregunta por el precio de cada pastilla de viagra. “Diez pesos”, dice el farmacéutico. “¡Diez pesos!”, exclama el hombre, y agrega: “¡Es una barbaridad!”. Y la mujer piensa: “Bueno, cuarenta pesos al año no es tan malo”. Cristina dijo esto y los productores de porcinos se pusieron a fabricar chanchos azules para estar a tono con la pastilla. Pues bien, siguiendo la línea de nuestra jefa de Estado, el presidente de Bolivia, don Evo Morales, dijo que la homosexualidad y la calvicie provienen de comer pollos transgénicos. Dijo que en el futuro, todos los hombres van a ser calvos. Un calvo es como un cubrecamas: sólo con flecos en la orilla. También les dicen cebolla porque tiene más pelos en el poto que en la cabeza. Un amigo mío, llamado Horacio, es tan calvo que se cae de espaldas y se pega en la frente. Pues bien, usted siga comiendo pollos transgénicos y se va a quedar tan pelado que va a tener que peinarse con un peine de un solo diente. Con respecto a la homosexualidad, Evo dijo que el pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas, por eso cuando los hombres comen esos pollos tienen desviaciones en su ser como hombres. Entonces, más que un pollo, el tipo se comería una polla. No es cuestión de que usted entre a un restaurante vestido de hombre, coma pollo y salga del restaurante vestido de moza. Si lo que dijo Evo es cierto, entonces, un gallinero sería una homosexualería, la pata de pollo vendría con portaligas. Y a lo mejor no está tan errado el boliviano, porque no nos olvidemos que pollera viene de pollo. Hay un político muy conocido al que le dicen pollo al spiedo, está quemado hasta el poto pero sigue dando vueltas.