Pero también, lo de pata a la rastra tiene que ver con nuestra costumbre de dormir la siesta. Por supuesto que la siesta no es un invento menduco, Newton acostumbraba a dormir la siesta debajo de un Vila, perdón, debajo de un manzano, hasta que un manzanazo lo magulló con la ley de la gravedad. La Bella Durmiente del bosque dormía la siesta a cualquier hora del día, lo que habla de la ingratitud de los cuentos, porque mientras Cenicienta laburaba como esclava en el servicio doméstico, la Bella Durmiente apolillaba casi todo el cuento. Si habrá insultado Blanca Nieves por tener que lavar todos los días siete calzoncillitos. Los porteños no duermen la siesta, ellos hacen horario corrido, corridos por la urgencia, el vértigo y la competitividad, y entonces nos tildan de vagos a los del interior. Miren, porteños queridos, hablan ustedes por envidia, porque nosotros amanecemos dos veces y, además, está comprobado científicamente que la siesta aumenta la capacidad laboral de las personas. Además, ¡quién se aguanta el sol cuyano en verano! El sol cuyano es despiadado, puede llegar a derretir cualquier idea. Si un cuyano anda sin gorra por la siesta de enero, en vez de lavarse la cabeza con shampú deberá lavársela con Pancután, porque seguro que se le queman los piojos. Hay un estado de placidez humana que se llama modorra. El tipo almuerza fuerte porque desde el desayuno no prueba mendrugo y porque, además, las milanesas están tiernitas, se toma sus buenos tres vasos de vino de carácter holgadamente etílico, se manda un flan con dulce de vaca a discreción, mira hacia fuera y ve que el sol cuyano está derritiendo la medianera, que los pájaros vuelan con sombrillas, que su mujer para tomar mate fue a buscar agua caliente a la Pelopincho, y entonces no camina, repta cual babosa con cayos plantales hacia el catre que lo está esperando con la hospitalidad hecha sábana. No podemos negarnos. Está llegando el tiempo de la siesta cuyana, pongan al mínimo las cigarras, que el choco no ladre por huevadas, que los culillos hagan sus travesuras pero en silencio y que no suene la alarma de coche alguno. Calderón de la Barca tenía razón: la vida es sueño.
Siesta
Alguna vez nos pusieron un eslogan
a los mendocinos, nos definieron,
nos apodaron: mendocinos
pata a la rastra. Dicen los estudiosos
que el aditamento fue provocado
por el bocio, que abundó en
nuestra provincia durante mucho
tiempo a causa de la falta de yodo
y que creó a los cotudos menducos,
personas que tenían el cogote
con salvavidas
