La gente que se autoconvocó, porque esta vez no hubo choripanes, micros ni viáticos de por medio, constantemente tuvo a tres nombres en sus labios: Néstor, por supuesto, Cristina y Cobos. Los dos primeros, para los viva, y el último, para el escarnio. Los cantitos para el Cleto fueron permanente y pasaron por “Borombombom, borombombom, el Cleto Cobos es un traidor”, “Que se vaya Cobos la … madre que lo parió”. No se escuchó ni el mínimo canto de alabanza para nuestro comprovinciano devenido en vicepresidente. Mientras tanto, el Cleto estaba más desconcertado que Bin Laden en sinagoga. “¿Y ahora qué hacemos para amortiguar esto?”, le preguntó a Jaliff, que se estaba rascando la pelada con un rastrillo. “Y, no creo que puedas hacer nada, Cleto. A lo sumo, morirte vos también, pero no creo que eso te guste”. Después analizaron la conveniencia o no de ir al velorio. “Yo tendría que ir por lo menos a decir mi pésame no es positivo. Voy disfrazado de Eduardo Duhalde ¿Qué te parece?”, “No, Julio, eso puede ser peor. Tendrías que ir disfrazado de granadero, así te confunden con uno de la custodia”. Al final, decidió no ir, porque recibió un consejo de la Casa Rosada que decía mas o menos así: “Llegás a venir y te vas a volver a Mendoza viajando en patada bus”. Y lo peor es que el acontecimiento hizo que Cristina subiera inusitadamente en las encuestas y el Cleto se viniera abajo como el precio de la carne… en Rusia. Ese montonazo de país que lo denostó sigue pidiendo su renuncia. Yo creo que, a esta altura, hasta la misma familia del Cleto le está pidiendo que renuncie. Posiblemente ocurra, porque cuando se corta el elástico, los calzoncillos son insostenibles. Veremos. En política, los aplausos de ayer bien pueden ser los chiflidos de hoy, y un político de raza debe darse cuenta de que si el bombo no tiene parche, es inútil golpearlo. Salvo que le pida prestados los aplaudidores a Kelso Kake.