Hay güevaditas que andan poblando nuestro cuerpo y que nosotros portamos sin saber, sentir o darnos cuenta que están operando adentro de nosotros. Las hormonas, por ejemplo, que andan desarrollando su tarea sin que lo advirtamos hasta que producen algún daño, pero mientras tanto no las sentimos. No amanecemos diciendo “tengo un tirón en las hormonas”, o “¡Vieja! ¿No viste una docena de hormonas que se me cayeron en la cama?” El colesterol, por ejemplo, no nos damos cuenta del laburo de esta sustancia, que puede ser muy nociva. Ni se nos ocurriría decir: “Mire, jefe, llegué tarde a trabajar porque me agarró una puntada en el colesterol que no me dejaba caminar”. La serotonina, por ejemplo. La serotonina, que es una monoamina neurotransmisora sintetizada en las neuronas serotoninérgicas del sistema nervioso central. No pretenda memorizar lo que he escrito porque a mí me costó tres consultas con el psicólogo. Pues resulta que científicos italianos han descubierto una explicación para el mal de amores. Dicen los científicos que el amor se va de la mano de la serotonina. Fíjese usted, doña Encarnación, tantas cosas han escrito los hombres y las mujeres en torno al amor trunco, al desengaño amoroso, a la rotura de relaciones afectivas, y ahora nos venimos a enterar de que la culpa la tiene la serotonina. Vamos a tener que hacer análisis periódicos para saber cómo andamos de metejón, de camote. Antes, el diálogo podía ser: “¿Qué te pasa, Carlitos, que tenés esa cara de Gioja con la ley de glaciares?”. “Es que me dejó mi novia”. Ahora puede se el diálogo: “¿Qué te pasa, Carlitos, que tenés esa cara de Cristina leyendo Clarín?” ¿No, es que me está disminuyendo la serotonina”. Así es que ese estado de ánimo que solía destrozarlo al tipo y que alimentó los contenidos de tantas novela, esa sensación de angustia que creó tantas obras de literatura, tantos libros de poesía y tantos culebrones venezolanos, muy pronto se ha de poder curar con una pastilla. “Che, Carlitos, ¿así que tu novia te dejó por tu mejor amigo? Debés estar destrozado”. “No, che, tomo serotonina cada cuatro horas y ando muy bien. Es más, las saco por mutual”. Menos mal que esto no se descubrió hace cien años, si no, no hubiera existido el tango.