Nuestros juegos de infancia eran simples. Ni sospechábamos que un día se iba a popularizar la computadora ni que íbamos a conocer internet ni las redes sociales ni la PlayStation. Dije que eran simples y podría decir, con algo de picardía crítica, que algunos eran bastante salames, insulsos y hasta aburridos. No digo las escondidas, que eran un clásico; ni el juego del doctor, que tanto nos enseñó sobre anatomía; ni la rayuela, que exigía cierta intrepidez en desafiar las leyes de Newton; pero sí la rueda y el palo, que eran más divertidos que cazar caracoles, y también el pisa pisuela, una tontería pedestre que sólo servía para ensuciar más los zapatos. También había alguno juegos orales que explican, tal vez, por qué hemos llegado a adultos siendo tan crédulos y poco creativos. Veo veo, ¿qué ves? Una cosa maravillosa ¿De qué color? Negro. ¡El porvenir del país! También estaba el cuento de la buena pipa, una estupidez internacional que hacía terminar llorando a los culillos. “¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?”. “Bueno”. “Yo no te dije bueno, te dije si querés que te cuente el cuento de la buena pipa”. “Sí, quiero”. “Yo no te dije: ‘Sí, quiero’, te dije si querés que te cuente el cuento de la buena pipa”. Otro estropicio del mismo calibre era el gran bonete. Al gran bonete se le ha perdido un pajarito y dice que Carlitos lo tiene. “¿Yo, señor?”. “Sí, señor”. “No, señor”. “¿Pues, entonces, quién lo tiene?” “Liliana”. Pues bien, se está jugando de nuevo en nuestro país. Al Parque Indoamericano han llegado miles de ocupas en busca de un terreno y dicen que Cristina tiene la culpa. “¿Yo señor?”. “Sí, señora”. “No, señor”. “¿Entonces quién tiene la culpa?”. “Macri”. “¿Yo, señor?”. “Sí, señor”. “No, señora”. ¿Entonces, quién tiene la culpa?” “Duhalde”. “¿Yo, señor?”. “Sí, señor”. “No, señor”. “¿Entonces quién tiene la culpa?”. “Aníbal Fernández”. “¿Yo, señor?” “Sí, señor”. “No, señor”. “¿Entonces quién tiene la culpa?”. No deja de ser un juego de niños con el único inconveniente, al parecer nada grave, para las personas que juegan, de cuatro muertos. En fin: “Antón, antón, antón pirulero, cada cual, cada cual, atiende su juego y el que no y el que no una prenda tendrá”.