Pues hemos cometido exceso de Navidad, y no precisamente en esa materia. ¿Exceso en qué?, preguntará usted. Pues exceso en todo, fue un exceso de excesos, salvo en la pirotecnia, que este año parece haber tenido menos adeptos. ¿Y por qué? Porque todos estaban morfando, comiendo como cochinos, ¿Quién se iba a perder una costilla de lechón por tirar un rompeportón. Minga.

    ¿Quién iba a despreciar diez minutos de mordida a pollo relleno por tirar un petardo? Ni por pu. Los cálculos estadísticos del INDEC para las fiestas son ilustrativos: se produjeron en el país, en la noche de Navidad, 1.500 mordidas de promedio por persona, lo que hace un total de 44 mil millones de mordidas en todo el país. Es récord Guinness. Ni cuando el seleccionado argentino pateó los penales contra Alemania, que nos mordíamos los codos y las uñas, hubo tantos mordiscones.

    Fueron inmolados en beneficio de nuestros festejos 360.000 lechones, y 450.000 pollos, 66 millones de huevos duros y 423.000 piononos. Si en estos momentos se pesaran, todos los argentinos comprobarían que, globalmente, el país, aumentó unos quince millones de kilos; millones de cinturones están estrenando un nuevo agujero. Se dieron casos de empachos colectivos. Doña Paula, que cura el empacho sistema delivery, en vez de usar centímetro para hacerlo, lo hacía de lejos con un teodolito. Y en materia de bebidas, los números no fueron menores.

    Las estadísticas serias reflejan, entre sidra, vino, champán y gaseosas, 108 millones de litros de algo, consumidos durante el operativo de reflexión religiosa en homenaje al niño Jesús. Se dieron casos curiosos: un señor al que le sacaron una pata de pollo de la oreja, otro señor algo gordito que entró al baño a las 3 de la mañana del 25 y todavía no sale, su faena aún no ha concluido. Expertos observadores dicen que puede que vuelva a la actividad horas antes de Año Nuevo. En definitiva, un festival lastrativo que demuestra que si bien no llegaron los tiempos de las vacas gordas, en este país no hay vaca flaca que se salve. En fin, como dice mi amigo el Pocho, a mí lo que me molesta mucho de la comida es que me quita el apetito.