Me ocurre y me ha ocurrido a lo largo de la vida, que ciertos momentos importantes (algunos dolorosos y difíciles, otros gozosos y fluidos) quedan en mi memoria acompañados por un libro y un autor. El libro y el autor que me encuentro leyendo en esas circunstancias. Así, puedo nombrar a “La tregua”, de Mario Benedetti, “Los desnudos y los muertos”, de Norman Mailer, “La feria de la alegría”, de Ray Bradbury, los “Cuentos” completos, de John Cheever, “Acción de gracias”, de Richard Ford, “Los tres mosqueteros”, de Alejandro Dumas, “Conversación en La Catedral”, de Mario Vargas Llosa o “El largo adiós”, de Raymond Chandler, entre varios otros. Esos libros son y han sido testigos y compañeros de instancias existenciales por las cuales mi vida es la que es. Nunca los olvidaré, nunca dejaré de agradecerles.
Cuando yo tenía 29 años llegué a México con un hijo de meses, un matrimonio en crisis y absoluta incertidumbre acerca de qué me deparaba el destino en todos los aspectos. Finalmente viví allí varios años, transformé mi vida, me desarrollé como persona y como profesional, coseché amigos que conservo y quiero, transité muchos momentos de felicidad y adquirí un amor profundo e indeleble por ese país y por su gente. Rastreador impenitente de librerías y de libros, conocía y había leído autores mexicanos ya clásicos, como Carlos Fuentes, Octavio Paz o Juan Rulfo. Pero mi descubrimiento más deslumbrante, conmovedor y enriquecedor fue la obra de José Emilio Pacheco, a quien hasta entonces desconocía. Cuentista, poeta, novelista, ensayista, pensador, traductor y articulista, Pacheco es, para mí, un nombre mayor no sólo de la literatura en castellano, sino en cualquier lengua y en cualquier tiempo. Sus textos honran la palabra, la cuidan, la usan con una certeza, un estilo, una funcionalidad y una belleza que inevitablemente conmueven, iluminan zonas penumbrosas del lector y de la vida, y a menudo asombran del mismo modo en el que suelen hacerlo los más maravillosos escenarios y fenómenos de la Naturaleza. Ese asombro ante el cual nos rendimos, superados y agradecidos. Al menos cuatro libros de José Emilio Pacheco han quedado impregnados en mí como huellas de mi experiencia mexicana y suelo volver a ellos como quien se zambulle en aguas curativas y balsámicas. Son la novela “Batallas en el desierto”, los cuentos de “El principio del placer” y “El viento distante” y los textos variados (algunos breves como aforismos) de “La sangre de Medusa”.
El domingo 26 de enero, a los 74 años, José Emilio Pacheco murió en México. Lo hizo con la serenidad y la discreción con la que vivió, reconocido por todos quienes lo conocieron como un hombre generoso, lúcido, atento al mundo en el que vivía, sólido y coherente en sus valores morales. Se había golpeado la cabeza dos días antes, negándose posteriormente a una revisión médica: “Es sólo un golpe, no vamos a levantar polvareda por eso”, le dijo a su mujer y a sus tres hijas. Sin levantar jamás polvareda, Pacheco había ganado el premio Cervantes (un Nobel de la lengua castellana, que suele ser mucho más justo y atinado que el Nobel) y varios otros premios de alcurnia. Así, también, había guiado a jóvenes escritores y había sido una de las voces más lúcidas sobre la realidad política y social mexicana; cuando esa voz se expresaba en columnas periodísticas, las demás callaban y escuchaban con respeto y con vocación de aprendizaje.
En las palabras de despedida que la familia de Pacheco le encomendó, el siempre penetrante ensayista Enrique Krauze (uno de sus mejores amigos y condiscípulos) dijo: “Fue José Emilio Pacheco uno de los más altos humanistas literarios de las últimas décadas en nuestro país y nuestra lengua (…) Aunque era un maestro cautivante y un conversador amenísimo, su vocación era llegar al público, no solo al lector especializado sino al lector común (…) Aunque fue prudente y reservado, jamás se retrajo a una torre de marfil: le dolía genuinamente la desigualdad y la pobreza (…) Veneró a los viejos, no escatimó el elogio a sus contemporáneos y orientó a las generaciones jóvenes, que leen sus libros con la misma avidez de quienes éramos jóvenes cuando por primera vez se publicaron”.
Mientras agradezco a José Emilio Pacheco el valor que sus libros tienen en mi vida, dejo aquí tres de sus breves textos de “La sangre de Medusa”, que abren sus profundos significados en muchas direcciones, como los rayos de una rueda:
Diferente
Durante mucho tiempo recurrió a todos los medios para que la humanidad se enterara de su existencia. Agotó la esperanza. Entonces se dio cuenta de que era un fantasma.
Vestuario
El rey se desnudó aterrorizado. No tenía cuerpo. Él era sólo el manto y la corona.
Sin fin
Un hombre se forma tras una larga cola. Desesperado, elimina a quien está antes que él. Sigue con todos los de la fila. Hasta que otro hombre se detiene a su espalda…
