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A SEIS AÑOS DE LA TRAGEDIA DE CARMEN DE PATAGONES

El día que la violencia mostró otra cara

El especialista hace aquí un racconto de los numerosos aspectos de la violencia entre escolares. El aniversario del ataque de un niño a sus compañeros en la ciudad bonaerense es la excusa para hacer un amplio análisis de la problemática.

Ampliar imagen Castro, Santa
    “El 28 de setiembre del 2004 a las 7.30, Rafael Júnior S., de 15 años, entró a su aula de la escuela Islas Malvinas, en Carmen de Patagones, provincia de Buenos Aires, y apuntó a sus compañeros con una pistola Browning 9 milímetros. El saldo de la tragedia escolar fue de tres muertos y cinco heridos, dos de ellos de gravedad. Todo ocurrió en menos de dos minutos. El caso fue comparado con la masacre de Columbine, en Estados Unidos, y es el único crimen de este tipo registrado en Latinoamérica”. Así promocionaba el 22 de febrero de este año el canal Discovery los tristes sucesos, y titulaba el documental Instinto asesino: masacre escolar, dándole, a través de esa producción, difusión mundial. Hoy, muchos de los interrogantes persisten sin respuesta, y no tenemos claro si realmente hemos aprendido algo sobre estos fenómenos que producen tanto sufrimiento e inseguridad.

    Pero existe la convicción acerca de que la respuesta es educativa y que actuar de manera temprana corresponde, sin excusas, a toda la comunidad y a cada uno, desde el lugar y la responsabilidad que le toca. En los últimos años, la violencia en las escuelas ya ha mostrado todos sus lados, pero aquel que continúa monopolizando la atención de investigadores, medios de comunicación y sociedad en general es el de las agresiones que se producen entre los estudiantes. Por lo general, la percepción que docentes y alumnos tienen respecto de la violencia es muy distinta. Según un estudio local del 2003, los maestros la reducían a juegos bruscos y apodos en el recreo, y acerca del lugar donde se producían los hechos, los docentes destacaban el recreo (67%) y muy detrás el aula (17%) y la salida (11%).

     Sin embargo, los alumnos insistían en que las agresiones se producían de manera similar en el recreo (65,5%) y en el aula (62,5%). Uno de los datos que más llamó la atención en otro estudio realizado por el Observatorio de la Convivencia Escolar (OCA) entre más de seis mil alumnos en Argentina fue que aproximadamente 22% tenía “miedo” a algunos de sus compañeros, pero la incidencia entre los 12 y 15 años era de uno cada tres alumnos, edades en las que también se observa el mayor fracaso escolar. Frente a las formas de violencia indirecta (murmuraciones, amenazas, robos, etcétera), 57% manifestaba sufrirlas y acusaba a sus docentes de “no hacer nada”. Otra de las situaciones que reveló el estudio fue que los maestros y padres eran los últimos en enterarse del problema.

    Ante reiterados hechos de violencia, 57% de los niños se calla, y del resto, 70% se lo comunica a sus amigos, luego a los padres y finalmente al docente. Los testigos también sufren el silencio, ya que muchas veces no denuncian por miedo a convertirse en nuevas víctimas. Lamentablemente, las cifras de exclusión mostraron que 6% de los alumnos consultados se consideraba rechazado “permanentemente” por sus compañeros, siendo este un dato alarmante, por la necesidad que tienen, sobre todo en estas edades, de ser aceptados y pertenecer a un grupo de iguales.

 EL ACOSO ESCOLAR (BULLYING). Entendemos que una de las formas más graves de violencia en el ámbito escolar es aquella que se produce a través del daño persistente que hoy conocemos como “acoso escolar” o bullying. Se trata de una variante de la violencia escolar caracterizada por un comportamiento de hostigamiento e intimidación reiterada, que trae consigo el aislamiento y la exclusión social de quien lo padece. Este hostigamiento que sufren algunos alumnos, y en ocasiones docentes, no es fácil de detectar por sus acciones indirectas y porque, como vimos, los alumnos tienden a no denunciar o lo hablan mayoritariamente con sus compañeros o amigos.

      Sabemos también que los adultos a quienes se les comunica lo que sucede tienden a minimizar, naturalizar (“cosas de chicos”) o intervenir de manera imprudente, exponiendo aún más a la víctima. Los alumnos han aprendido que este es un tema que los adultos no manejan con competencia y es mejor resolver o padecer solos. Lamentablemente, algunas investigaciones desaprovechan el camino recorrido por quienes hace muchos años estudian en todo el mundo las conductas de hostigamiento, y acaban creando categorías, indicadores e instrumentos que luego hacen imposible realizar comparaciones o aplicar estrategias útiles.

      Así, noticias en diarios argentinos denuncian que 15% de los alumnos sufrieron hostigamiento (La Nación, 29-04-2006), posteriormente que “52% de los alumnos sufre o ejerce violencia” (La Nación, 28-07-2007), y notas más actuales mencionan que “52% de alumnos y alumnas reconoció haber hostigado a sus compañeros” (La Nación, 24-07-2008) y “la mayoría de los alumnos admite que hostigó a un compañero” (Clarín, 24-07-2008). De manera similar, estudios mexicanos aseguran, por un lado, que “sufren bullying 9 de cada 10 niños” (El Porvenir, 21-04-2008), y por otro, que “padece bullying 1 de cada 3 escolares” (El Norte, 08-04-2008). En la actualidad, los estudios sobre acoso escolar han ido evolucionando y progresivamente se realizan trabajos comparativos que permiten profundizar sobre el fenómeno.

     Así, de acuerdo a la experta Rosario Ortega Ruiz, quien viene investigando este tipo de violencia desde el inicio de los años 90, existe un acoso muy grave, menos frecuente y más persistente (bullying duro) que afecta a entre 2 y 5% de los alumnos, y otro menos grave, de corta duración (bullying blando), que puede afectar a 20 o 25% de la población escolar. Considerando que aquellos indicadores que permitirían denunciar las agresiones son poco visibles (indirectos), a lo que debemos sumar la poca comunicación que las víctimas y los testigos hacen de los hechos, somos los adultos quienes debemos incrementar los esfuerzos para su detección.

       Hoy apremia la presencia de padres y docentes disponibles, conocedores de las nuevas formas de relacionarse de niños y jóvenes y que buscan atentos señales, evitando minimizar o naturalizar los hechos. En relación con la influencia del contexto familiar, existen cada vez más evidencias del vínculo: comportamiento agresivo de niños y jóvenes y la conducta excesivamente punitiva y autoritaria de los padres, así como las conductas de complicidad y justificación de los padres con sus hijos indisciplinados y violentos. También, en el caso de las víctimas, se dan ciertas regularidades en el contexto familiar. Por ejemplo, las familias en las que no se proporciona a los niños la oportunidad de aprender estrategias de resolución de conflictos o aquellas conductas familiares de sobreprotección o acaparamiento parecen estar relacionadas con la potenciación del papel de víctima.

 ACOSO Y ARMAS EN LA ESCUELA. “No me llevaba con ninguno”, confesó el mismo Junior. Un chico que nunca logró empatía con los grupos en los que estaba inserto. Compañeros, docentes y psicólogos comparten la idea de que es un chico “tímido, introvertido”. Quizá por desinterés, quizá por no entender los códigos, quizá por sentirse rechazado. Las frases que a él se dirigían eran, según él afirmó, “de burla por mi aspecto físico y por un grano que tengo en la nariz”. A veces, con sus dedos simulaba un arma y los apuntaba hacia quien lo estaba burlando. Entrecerraba un ojo como midiendo la precisión del tiro virtual y disparaba una bala de odio. Esa mañana no desayunó. Entró en la escuela, saludó al encargado de la calefacción y murmuró: “Hoy va a ser un gran día”. Ante los tiroteos alarmantes ocurridos en Estados Unidos a fines del siglo pasado, la Secretaría de Educación, en el marco de la Iniciativa de Escuelas Seguras, encargó al Servicio Secreto un estudio para contribuir a la prevención de estos ataques. Revelaciones del informe del Servicio Secreto norteamericano al analizar el comportamiento de más de 30 adolescentes.

       Se analizaron 37 tiroteos que involucraron a 41 atacantes y ocurrieron en 26 estados, eliminándose los tiroteos asociados a pandillas, drogas o disputas interpersonales que ocurrían en la escuela. Las edades de los atacantes oscilaron entre 11 y 21 años, con una variedad de orígenes raciales de los que un cuarto no era blanco. Igualmente, el rango de las características familiares era amplio, desde familias intactas y vinculadas a la comunidad hasta el abandono familiar. No se encontraron diferencias significativas en el rendimiento académico ni en el campo disciplinario; la relación con los amigos incluyó tanto a aislados como a populares. Estos resultados permiten desestimar la construcción de un perfil que luego tendría el riesgo de llevar a sobreidentificaciones. El informe reporta que, antes de los incidentes, la mayoría de los atacantes mostró algunas conductas que llegaron a preocupar a otros, tales como tratar de conseguir un arma, escribir poemas que muestran el homicidio y el suicidio como posibles soluciones a sentimientos de desesperanza y desesperación o fantasías de envenenar los alimentos.

      También, antes del ataque, tres cuartos de los agresores tuvieron gestos suicidas o trataron de matarse, y la mitad tenía una historia de extrema depresión y desesperación. En más de dos tercios de los casos, los atacantes mataron no sólo a estudiantes, sino también a administradores, profesores y otros miembros del personal. Los agresores tenían, en proporción similar, múltiples motivos para ello, pero la mitad se centraba en sentimientos de venganza. En casi todos los incidentes, el atacante desarrolló con antelación la idea de dañar a su blanco, y en tres cuartos de los casos, planeó el ataque. En más de tres cuartos de los casos, el atacante comunicó a alguien su interés en desarrollar un ataque en la escuela, y en casi todos los casos, esta persona fue un compañero, amigo o hermano. Casi todas las personas que sabían de las ideas y planes del atacante no llevaron la información a un adulto.

      Más de tres cuartos de los incidentes fueron conocidos con antelación por otros alumnos. Por ello, es importante que en las escuelas se eviten los obstáculos que pueden impedir que los alumnos comuniquen sus preocupaciones y se permita el avance de un sistema reflexivo que llegue a las autoridades. A pesar de que el atacante actuó solo al menos en dos tercios de los casos, casi la mitad fue influenciado o alentado. Un ejemplo representativo es el caso de un chico que había pensado llevar un arma a la escuela para detener el hostigamiento de sus compañeros, pero no fue hasta que dos compañeros lo convencieron de que debía dispararles a los agresores para que lo dejaran en paz que decidió atacar. Así, la relación con el “acoso” fue comprobada en más de dos tercios de los casos, ya que los atacantes se sintieron perseguidos, intimidados, amenazados, atacados u ofendidos antes del incidente. El acceso a armas demostró ser muy importante. Más de la mitad de los atacantes tenía una historia de uso de armas y dos tercios de ellos consiguieron su arma en el hogar o en el de un pariente.

MITOS SOBRE EL ACOSO. La víctima no siempre es alguien que carece de habilidades sociales, con poca autoestima e introvertido. Cualquiera puede ser objeto de acoso escolar. Se puede elegir al “gordito” y al que lleva anteojos o aparatos dentales, pero también al que se incorpora una semana tarde al colegio, tiene buenas notas o es calificado de inteligente por sus docentes. Cualquier rasgo diferenciador es susceptible de ser utilizado por quien acosa para convertir a otro niño en blanco de sus burlas, porque cuando alguien es distinto, molesta a los igualados y miméticos. Muchos de los niños acosados intentan escapar de la situación acosando ellos también. De hecho, según la opinión de algunos expertos, aproximadamente 50% de las víctimas “recibe y da”.

      El niño interioriza el siguiente razonamiento: para no ser víctima, no hay como ser acosador, y como resulta que nadie o casi nadie interviene, triunfa el principio de impunidad. El 40% de los escolares presencia las agresiones y aprende la siguiente lección: “Si los adultos, el colegio y los docentes no intervienen, quiere decir que estamos solos ante el peligro y que cada uno tiene que sobrevivir por sus medios”. Este mecanismo refuerza al acosador, que se encuentra con cierto éxito social y pone a su servicio al resto del grupo. Las innegables diferencias individuales entre los alumnos pueden situar a unos en situación de ventaja frente a otros, lo que es aprovechado por algunos para hacer la vida imposible a quien está en desventaja. La mayor invisibilidad de ciertas acciones, así como la cultura del silencio, dificultan la intervención y prevención del problema.

       Las dos estrategias más utilizadas por las víctimas son: evitar la situación e ignorarla. Se trata, por lo tanto, de actitudes en las que la víctima no se enfrenta con el problema, sino que busca negarlo y evitarlo física o mentalmente. Respecto de los docentes, distintas investigaciones señalan que así como existe una tendencia a dramatizar frente a situaciones de violencia física, aun cuando no siempre se correspondan con situaciones de intimidación, se tiende a desestimar las manifestaciones verbales e indirectas de amenaza.

       La obligatoriedad de asistir a la escuela y el hecho de que esta obligue necesariamente a formar parte de un grupo aumentan el malestar experimentado por quien sufre el maltrato de sus compañeros. La vulnerabilidad es mayor por tratarse de personas en desarrollo, quienes todavía están construyendo procesos cognitivos y afectivos en la interacción con los otros y necesitan la convivencia con sus iguales para poner a prueba esos procesos y habilidades.

PREVENIR, TODOS, PERO YA. La violencia entre compañeros es un fenómeno de grupos, y el tratamiento del problema tendrá que enfocar a la totalidad del grupo involucrado, con actividades de reflexión acerca de las emociones, la resolución pacífica de conflictos y el conocimiento mutuo a través de acciones que potencien el descubrimiento del otro. Si es posible, estas actividades se deben realizar sin señalamientos directos, esto es, sin intentar dirigir el foco hacia una persona en particular, para evitar una doble victimización o una actitud resistente en el agresor. Aunque el maltrato es un problema que se presenta con mayor frecuencia en la escuela, puede ocurrir también en otras áreas de las vidas de los niños y a través de otras formas. La violencia esporádica o el acoso por internet, escudándose en el anonimato y desde lugares alejados y seguros, han crecido en los últimos años.

      Algunos estudios muestran que muchas de las víctimas de la ciberviolencia nunca han sufrido la experiencia cara a cara, lo que limita la capacidad de los colegios de controlar o detener estos hechos que tienen lugar fuera de su ámbito. Ya no dudamos de que cuando un chico actúa con violencia, se hace necesario un análisis que vaya más allá de lo personal para encontrar el sistema de normas, valores, sentimientos y comportamientos que está detrás de esa conducta. Debemos analizar el fenómeno como la expresión de un problema más profundo, como una enfermedad social que hoy afecta a todos y nos desafía a actuar rápido y temprano, a todos.


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