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La velocidad de las rutas interiores

Viajero inmóvil es el nuevo libro del poeta, periodista y editor sanmartiniano Fernando Toledo. El Sol dialogó con el autor sobre este trabajo y otros temas.

“El abismo es el punto de partida”, dice. Y “la espera también puede ser un viaje”, aclara, para rematar: “Voy a seguir aunque ya nunca avance”. Dispersas en Viajero inmóvil, las partes de un recuerdo se van reuniendo hasta alcanzar la forma de un éxodo, de una inútil huida hacia uno mismo. Viajero inmóvil (editado por Libros de Piedra Infinita y prologado por Claudia Masin) es un recorrido interno hacia ningún lado, o mejor, hacia el imposible ayer. Mucho más sólido en su estética y con una propuesta afianzada en la versatilidad de su decir, Viajero inmóvil nos muestra a un Toledo más maduro en cuanto a su poesía, con cientos de formas capaces de acompañar al lector en este itinerario que nos pasea por los precipicios en los que todos algunas vez hemos caído.
un viaje en el tiempo. Ante la aparición de su nuevo libro, Fernando Toledo dialogó con El Sol sobre Viajero inmóvil, la poesía mendocina y su punto de vista como editor.
De Hotel alejamiento a Viajero inmóvil ha habido mucha madurez, ¿sentís lo mismo? Me parece que sí, sobre todo si uno piensa en Hotel alejamiento como un solo libro, porque fue conformado de una manera muy de principiante, reuniendo poemas que fueron escritos a lo largo de los años de aprendizaje. Ese libro tenía dos partes, y una de ellas fue armada con un sesgo de más maduración. Me parece que en Hotel alejamiento se observa un poco lo que empezaba a ser mi aprendizaje como poeta y como editor.
En Viajero inmóvil se puede percibir que tu fuerte es la introspección. En cierto modo, sí. Pero se puede confundir la introspección con la reflexión en sí. Aunque en este caso hablo mucho sobre una historia que parece personal, también aprovecho para pincelar con un tema que puede ser compartido. Ya Secuencia del caos, el libro anterior, tenía un aspecto introspectivo, pero, en realidad, todo lo que ofrecía era reflexiones sobre la poesía, el ser, el no ser, la palabra, el silencio. En general, esos temas suelen ser representados sobre una persona que habla de sí misma, pero no siempre es así.
Claro, pero si bien hay una inclinación a la reflexión, hay más opinión personal. Es que allí hay un personaje, que es este viajero inmóvil. Yo lo propongo como tal y protagoniza una historia que va del poema uno al número veinte. Ese personaje sirve para reflexionar sobre un montón de cosas, entre ellas, el amor y el desamor, la distancia, la cercanía, la posesión.
Y sobre esa convicción de no moverse para viajar. Sí. En realidad, es casi la mensura de lo que es ese amor destruido del personaje. Es un personaje que, al parecer, ha perdido a su persona amada y para recuperarla intenta lo que él cree que es un viaje de regreso hacia ella, pero es sólo un viaje hacia el recuerdo, nada más, y advierte que lo único que tiene de esa persona es el recuerdo, es decir que el viaje no puede ser geográfico, sino en el tiempo, en la memoria. Se termina convirtiendo en un viajero inmóvil y hacia al final se observa como una resignación y un dejo de impotencia.
Incluso, hay un poema que trata de la recuperación del instante de una foto, que es como la síntesis de esto que decís. Exactamente, es el momento en que el personaje se da cuenta de que le quedan sólo esas cuestiones tangibles, como una foto en la que se retrata un momento que ya no se puede reproducir.
sobre poemas y demás. Toledo es, junto a Hernán Schillagi, uno de los responsables de Libros de Piedra Infinita, por eso, aprovechamos la oportunidad para profundizar sobre la actualidad de la poesía en nuestras tierras y el aporte de Libros de Piedra Infinita a la literatura.
Schillagi se refiere a este como el mejor momento de la poesía mendocina. ¿Cómo lo ves vos? Es un momento en que muchos poetas que empezaron su obra hace años se han consolidado, ofreciendo muy buen material. Nosotros habíamos tenido en Mendoza a grupos generacionales diferentes que habían dado grandes nombres, como Ramponi, por nombrar sólo uno. Después, con un poco de distancia debido a los momentos críticos de nuestro país, a partir de los 80 empezaron a surgir algunos poetas que se alimentaban apenas de los nombres que quedaban, Abelardo Vázquez, Casnati, Abelardo Roberto Vázquez, gente que, sin embargo, quedó a medias. Vázquez murió, Casnati no terminó siendo referencia para los grupos que aparecieron. Pero sí se comenzó a gestar, a través de Las Malas Lenguas, lo que fue, con mucha energía, un nuevo grupo poético decidido a mostrar sus trabajos, como no se había podido hacer en mucho tiempo en Argentina, y estos dieron pie a nuevos nombres, y me parece que todo ese proceso está dando sus frutos, porque se ve convivir a esos poetas de Las Malas Lengua, como Rubén Valle y Patricia Rodón, con los que surgieron con lo que fue Mesita de Luz, la colección de la editorial Diógenes, y muchos otros con estéticas diferentes y que están dando muy buen material.
Como en el caso de Javier Piccolo, que acaba de ganar el Vendimia. El caso del Javier es interesante, porque es justamente alguien de afuera de estos movimientos que te mencioné, pero pareciera que ha estado muy atento a toda esta poética, a pesar de que él se considera un mal lector de poesía.
Y otro caso representativo es el de Juan López. Con él pasa que tiene una personalidad muy atenta y que ha leído estas obras, y todos hemos ido leyendo la de él. Yo recuerdo haber visto sus primeros poemas, que nos los pasábamos en la redacción del diario Uno, donde compartíamos lecturas. Digamos, el Juan ha estado afuera pero muy cerca de estos grupos.
¿Quiénes son para vos los referentes de la poesía actualmente? Habría que diferenciar. Hay un grupo de poetas que intenta ser representante de cierta estética que pareciera enfrentarse, a su vez, a la de quienes mencionamos antes, pero me parece que están todos escribiendo cosas muy interesantes. Entonces, se pueden diferenciar grupos estéticos distintos, de los cuales se pueden sacar algunos nombres. Hay poetas muy claramente importantes, como Rodón o Valle, y por otro lado están Claudio Rosales, Hernán Schillagi, además de Betina Ballarini, otra gran poeta que ha estado fuera de todos estos grupos. Con esos nombres empezamos a conformar una selección importante de poetas.
¿Se puede decir que el trabajo de ustedes como editores ha permitido descentralizar el espectro de autores representativos de Mendoza? Creo que sí, y que fue una cuestión casual, porque Hernán y yo, que vivíamos en San Martín y en un momento de crisis, como fue el que vivíamos cuando se nos ocurrió fundar una editorial, estábamos ahí y no teníamos ni siquiera aspiraciones de irnos al centro de la ciudad. Por suerte llamamos la atención de gente de varios lados, de Luján, de Godoy Cruz, del Sur, y desde San Martín conseguimos generar un foro editorial que invitaba a publicar a cualquiera que tuviera un buen libro entre manos. Por eso es que editamos a nombres muy distintos, como Valle, Ballarini, Facundo López, Dionisio Salas Astorga, gente de otros lugares a la que le pareció interesante el proyecto y confiaba en lo que nosotros, como poetas, escribíamos. El hecho de que fuéramos editores poetas les dio confianza a quienes se arrimaron.


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