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Tras 53 años, confesó haber asesinado a su padre

Un hombre relata con detalles cómo decidió a los 11 años dispararle al hombre que golpeaba a sus hermanos y a su madre.

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Por: Medios

En enero de 1963 en las páginas policiales titulaban: 'Niño jugando a los cawboys mata a su padre'. La noticia fue fiel reflejo de la instrucción llevada a cabo por el entonces comisario Trigo, jefe de la comisaría segunda de Salta.

Alfredo Presza (66), hoy comerciante, asegura: "Durante estos últimos 53 años he escuchado los alaridos de mi padre, su furia hecha sangre y hasta los silencios de su muerte. Estos recuerdos me han golpeado casi todos los días, pero mucho más en las noches. Cada vez que leo una noticia sobre violencia familiar o femicidio recuerdo aquella madrugada y los días previos a mi decisión extrema".

Luego dijo: "Fue premeditado, me preparé para el momento aún siendo un niño, y cuando apreté el gatillo hasta descargar el revólver me convertí en un hombre, en el hombre de la casa, en el hombre de la comisaría segunda, en el terror de los vecinos. Mi sola presencia despertaba alrededor los más increíbles comentarios, pero no pasaban de ser murmuraciones".

"Nadie, excepto mi madre, me lo reprochó. Así como escucha, nadie me lo reprochó. Por eso le voy a contar la historia que me amargó la vida, paso a paso y después la sentencia que debí cumplir y que nunca termino de pagar".

"Aunque, confieso, mi madre jamás me lo perdonó, tampoco nunca me abandonó. Ella siempre estuvo conmigo, atada a mi suerte, creo que en el fondo se dio cuenta que su martirio me convirtió en criminal".

Alfredo Presza, un ítalo-judío, como suele decir de sus raíces, años atrás fue un conocido puestero del mercado San Miguel, hoy devenido a comerciante en la zona de Cofruthos.

Recuerdo la filosofía de ese entonces de mi madre, doña Fidela Torrico: 'Hijo, no debes pedir, mejor es robar'. Nunca la entendí y un día siendo ya hombre grande le pregunté por qué me inculcaba semejante cosa desde niño y me contestó 'ahora, vos robás', no, le dije; por eso, el mendigo nunca deja de ser mendigo...

Así me crié, a las 5 de la mañana al matadero a limpiar, a las 10 ya llevaba algo de carne para la casa, de ahí al mercado San Miguel a bolsear los restos de verduras, y ahí separaba algo para llevar. Así era mi rutina hasta los 10 años, cuando mi madre llevó a vivir con nosotros a Martín el 'Loco' Frías. Este changarín salía en los diarios de entonces como el hombre más fuerte de Salta. Trabajaba en los molinos Batule.

Eramos pobres, pero cuando él llegó todo el dinero que yo traía a la casa era para sus vicios, todo lo que trabajaba mi madre también. Golpes y azotes para mí y mis hermanos menores todo el día; a la noche, para mi madre.

Esa violencia fue creciendo en mí y un día cuando la golpeaba duramente corrí al destacamento policial que había en la hoy avenida Independencia, a la altura de la planta de Cosalta, un poco más al este.
Salieron dos policías y fueron hasta el rancho. El 'Loco' Frías los amontonó a golpes, al rato cayeron cuatro más, pero estos ya eran grandotes. La lluvia de palos que se comió fue memorable, pero posteriormente la violencia contra mi madre y contra mí no tiene palabras.

Estando preso, el 'Loco' Frías fue visitado por mi madre , que le rogó al comisario que lo liberara.
En unos días el infierno se trasladó al rancho. Yo y mis hermanos vivíamos en los yuyales hasta que se iba. Ahí, siendo yo el mayor, pensé que no había más camino que la muerte. Entonces tenía solo 11 años".

"Estaba en el mercado San Miguel trabajando en un puesto de verduras cuando conocí a un changarín mayor. Le conté que estaba en problemas y que quería un arma. Junté el dinero y los dos fuimos hasta la armería Basalo, de calle Florida y San Martín. Escogí un 22 corto, de seis balas, y tres cajas de proyectiles.

Desde entonces hasta el 17 de enero de 1963 en los campos cercanos al río Arenales debo haber gastado unas 500 balas practicando. Mi temor era no poder derribar a Frías. Porque sabía que lo silenciaba o me hacía boleta. Junté rencor durante casi un año. Soporté el llanto de mi madre durante todo ese tiempo y la hambruna de mis hermanos más chicos, porque yo comía en la calle.

El 17 de enero de 1963, a la madrugada, llegó Frías con un amigo que le decían 'Diablo'. Venía a buscar la plata que había cobrado mi madre trabajando en el San Miguel.

Se puso violento, comenzó a golpearla como siempre, la llevó hasta la cama con intenciones de someterla, se le subió encima, golpe tras golpe, gritos, alaridos y súplicas. Allí las trompetas del Apocalipsis me despertaron y la muerte se apoderó de mí. Yo dormía junto a mis hermanos en el suelo, sobre un colchón de trapos y cartones, separados solamente por una lona de la cama de mi madre. Me levanté, saqué el revólver debajo los cartones, miré el tambor, estaba cargado con seis balas, lo amartillé y abrí la lona. La pieza estaba alumbrada por la luz naranja de un mechero. Frías estaba sobre las caderas de mi mamá, que suplicaba llorosa mientras él le arrancaba las mantas y la ropa, todo eso ante la mirada de otro alcohólico llamado 'Diablo'. La luz se desdibujó por el movimiento de la lona y Frías intentó darse vuelta. El primer disparo lo recibió en el codo, se levantó y le descerrajé dos mas en la cara, y cuando me tomó del cuello le disparé dos veces más, la última bala, la sexta, no salió. Me levantó por el cuello y me estaba asfixiando, cuando perdió fuerzas y se desplomó".

Fuente: El Tribuno


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