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"Comunicarme a través del dibujo se volvió parte de mi identidad"

Morales Ciancio o Chancho Punk hace ilustraciones y crea historietas en Buenos Aires, donde vive de su vocación desde hace 15 años.

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Ciancio, si se pronuncia en italiano, se escucha como chancho. Si a esta fonética se le agrega una cuota de rebeldía, la idea termina en el concepto de "chancho punk". Así firma Luis Morales Ciancio, dibujante y creador de historietas mendocino.

Casi 20 años pasaron desde que Luis hizo una pequeña valija y se fue de Mendoza para estudiar cine y dibujar. Llegó a Buenos Aires en busca de oportunidades, entre ellas, la de vivir de sus ilustraciones, algo que más de una vez pudo concretar. Desde hace varios años Luis mezcla sus dos pasiones que lo llevaron a la ciudad porteña.

Desde el 2010 trabaja en dos productoras audiovisuales y de posproducción en publicidad. Allí, la herramienta común sigue siendo el dibujo, es decir, sus propias creaciones. Pero también Luis hizo tiras para diarios del conurbano bonaerense; se ganó la vida estampando su arte en remeras y fue el encargado del Taller de Animación de la Carrera de Animación de la Universidad del Cine.

En diálogo con El Sol, este hombre de 35 años explica de qué se trata su oficio, qué situaciones lo inspiran, cuáles son las técnicas para llegar al otro y hasta dónde quiere llegar con esta vocación que, inevitablemente, lo acerca cada vez más al juego. "El día que pierda la capacidad de asombro, me quedo sin motivación para seguir dibujando", confiesa, esta vez y por primera vez, con palabras.

¿Cuándo te fuiste a Buenos Aires?

Llegué a Buenos Aires en 1997, inmediatamente después de terminar la secundaria. Cumplí los diecinueve años a los pocos días de instalarme. Desde entonces, vuelvo a Mendoza cada vez que puedo para estar con mi familia y mis amigos y para disfrutar de la montaña.

¿Te fuiste por una búsqueda personal o para encontrar más posibilidades de vivir de tus dibujos?

La verdad es que tengo varias respuestas posibles. Siempre miré Buenos Aires como una ciudad fascinante. Había ido varias veces desde muy chico y siempre quería volver. Cuando se acercaba el fin de la secundaria, empecé a interesarme seriamente por el cine. No lo había tenido en cuenta antes porque lo que más me gustaba era dibujar, al punto de que en el colegio me pasaba toda la clase garabateando en los márgenes de las hojas. Además, me gustaba la idea de irme a vivir solo a una ciudad grande.

De todas formas, no pensaba en Buenos Aires por sus posibilidades laborales. En ese momento no sabía si iba a durar un año y lo mejor era aprovechar todo lo más posible mientras durara. Dieciséis años después, la situación es la siguiente: en todos los laburos profesionales, ya sea en diseño o audiovisuales, la herramienta en común es el dibujo. Hice desde estampados para remeras hasta animación.

¿Te considerás un dibujante, un humorista, un hacedor de cómic...?

De todos los medios que se sirven del dibujo el que más me gusta es la historieta. Tiene un elemento narrativo que la hace muy accesible para el lector y muy abierto y libre para el escritor o el dibujante. En conclusión, me considero un dibujante más que un historietista, porque, más allá de mi pasión por la historieta, para serlo me falta producir mucho más de lo que hice hasta ahora. Desafortunadamente, no hay una industria fuerte en Argentina, así que, por ahora, es una actividad que depende de mis propios esfuerzos.

¿Cómo te metés en ese mundo artístico?

Todos los niños dibujan. O la mayoría. En determinado momento de la vida, la mayoría deja de hacerlo. Algunos mantenemos esa habilidad y la cultivamos bien o mal. Eso no me parece tan importante. Tengo recuerdos desde los cuatro años en que estoy dibujando. Era muy tímido e introvertido y dibujar me ayudaba a comunicarme y sobresalir de alguna forma, es decir, se volvió una parte fundamental de mi identidad.

Me hacés acordar de El Principito, cuando el narrador dice que dejó de dibujar por la frustración de que nadie le entendía el dibujo de la serpiente que se había comido un elefante. ¿Para dibujar, tenés que conservar, cuidar y alimentar a ese niño?

Sí, por supuesto. Creo que mientras más personal es una obra de arte, más conectada está con el niño interior. No me imagino enfrentándome a una hoja en blanco sin una dosis de curiosidad y de juego. El día que pierda la capacidad de asombro, me quedo sin motivaciones para seguir dibujando. Con esto no quiero decir que necesariamente el resultado sea un laburo de estilo infantil. Uno puede imaginarse historias macabras sin distanciarse de esa cosa lúdica.

¿Y cuando se trabaja del dibujo, por dinero, por encargo?

Cuando dibujo para mi trabajo, eso cambia un poco. A veces no puedo enamorarme de lo que estoy haciendo, porque si no cumple con la premisa o con el gusto del cliente, lo tengo que desechar.

¿Recibiste clases formales, fuiste a una escuela artística o sos autodidacta?

Hice un curso de animación en Mendoza cuando tenía dieciséis años que me dio algunas herramientas importantes y muchas claves. En la facultad no tuve Dibujo como materia, pero recibí conocimientos y un bagaje visual que me formaron como dibujante. El oficio de dibujante lo adquirí (y sigo aprendiendo) de forma autodidacta. Los conocimientos de composición, historia del arte, guión, dirección que recibí en la facultad funcionan como un contexto que favorece mi actividad.

¿Cómo definís tus dibujos?

Los defino como esencialmente narrativos. Aunque se trate de una ilustración, de una sola viñeta o, incluso, de un personaje suelto, siempre está la intención de contar algo, aunque sea el esbozo de una historia. Lo que espero de mi trabajo es que, cuando alguien lo vea, empiece a imaginarse más cosas de las que hay en el papel.

¿Cómo encarás una historieta?, ¿hay una técnica, un disparador?

Tengo dos sistemas para encarar una historieta. La forma clásica de abordarla es escribir un guión, diseñar los personajes, los fondos, y dibujar cada viñeta secuencialmente, es decir, dando la sensación de flujo del tiempo. Es como una película, pero todo en el papel. A veces  pongo todas mis energías en el trabajo de publicidad y no me queda demasiado resto como para mucho más. En ese caso, lo mejor es irse a un barcito y hacer una minihistorieta improvisada. Ese es el segundo sistema.

¿Cuándo empezás a dibujar? ¿En qué momento sacás el lápiz y el papel?

El disparador suele ser la necesidad de generar un efecto o una sensación determinada en el otro. Cuando digo el otro, no hablo de una persona concreta, pero siempre hay un interlocutor abstracto, un lector ideal con el que establezco un diálogo mientras dibujo. Después si esa pieza queda guardada en un cajón, es otro tema. Un día me levanto cebado con una canción o con una película o con una situación cotidiana y esa sensación generalizada me lleva a querer dibujar algo en esa sintonía.

¿Hay un dibujo soñado a futuro? ¿Adónde quiere llegar un dibujante mendocino en Buenos Aires?

A un libro, sin pensarlo dos veces. Aunque sea autoeditado. Lo importante es hacerlo. El proceso de escribirlo, dibujarlo y ensamblarlo es una deuda pendiente y un placer aún no experimentado. Quizás recién ahí pueda definirme como un historietista. 


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