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Todas las hojas son del Flaco

Por Leandro Hidalgo. En primera persona, una semblanza luego de la muerte de Luis Alberto Spinetta. Un antes y un después, desde la pluma de un joven escritor mendocino.

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Hoy es distinto para mí. No estás, Flaco. La mañana trae una ausencia en las manos, reaparece por la puerta ventana con un vacío, una línea silenciosa que va uniendo a todos tus fans, tus fans por amor, y zigzagueante, nos marca en el pecho para marcharse a otra ventana, a otro hueco, a otra carencia parecida, con la prontitud de lo irrevocable. En Mendoza se nubló y los árboles parecen tener sus hojas tristes, como mis cuadernos, esas que fueron del viento ahora son tuyas Flaco, impregnado en el acontecer de todos los artistas que nos duele tu huida. Siempre nuevo, a capa y espada contra una mediocridad reinante, a muchos nos enseñaste a ver un camino, a desocultar con paciencia la estrella, a laburar el propio Cristo. Tus músicas son las músicas del alma, del alma verdadera, el ritmo de lo infinito, de lo inabarcable, las formas de nuestros recovecos, el castillo indescifrable por el que paseamos dormidos entre las tinieblas de la vigilia, ombligo de piedra marcado, desactivaste la bomba y encauzamos el río hacia el mar, y hoy el mar es de llanto, qué más.

Cómo es el viaje, Flaco, por el espacio, cómo los pasajeros de esa nave, cómo es remontarse al cielo y observar el hielo, cómo dividir la vida, cien para mí cien para el aire, cómo es el otro capítulo, qué es lo nuevo. Enigmas que no podremos saber. Pero el espacio quedó lleno de signos. Nuestras casas marcadas por el sol, por la idea, por el gesto creativo, por el luchador que nos nació para dar batalla en un mundo de apocalipsis de aire. No puedo repasar los viejos discos, ni la cantidad de shows en que me emocionaste, ni la experiencia de haber compartido, ni resaltar el sonido propio que conseguiste, ni tu guitarra colgada y tu pluma avivada. Sólo el perfume de lo que es preciso para ser un artista genuino.

Sé que la extensión de tantas palabras escritas, leídas, filmadas, hoy empaña el paisaje, es la cara que jamás tuvo tu obra, es jugar para el enemigo, por eso debiéramos despegarnos de personalismos, de yoismos, de pruebas empíricas, de lo que me pasó a mí, de hacer como que. Tu corazón está entre los artistas de fuego de un modo cabal. Sos el niño guerrero al frente de un comando de amor, de un universo simbólico de mil puertas, preso de tu honestidad y respeto por la música. El niño guerrero que ahora nos salvaguardará la ruta, el ángel guardián de toda la cultura argentina.

Ahora no está el aliado, la otra lágrima del payaso, la ceremonia de las previas. Hay otros, puntas de la centralidad de tu estrella: Charly, Fito, el Indio, Calamaro, que se nos desvanecen inútiles entre el dolor de hoy. Perdonen pero no hay reparo.

No te entregaste a tu ego, a la trascendencia pública, a la tapa, la causa es una y es legítima, desabrochar los cinturones del alma, porque ellas repudian el encierro, y hacer de la obra artística el máximo nivel que podamos alcanzar y brindar en ese momento de creación. Tu figura es como la del caballero andante, tu mente es mañana, tu sueño de hoy. Dormí Flaco, hasta que puedas enchufar una viola allá, en el no sé dónde, niño dormido, plegaria de quienes conocemos tu obra total, iluminado por el fuego, por la llama chispeante de la belleza, cerrá los ojos Flaco, que termine todo ese oro en tus bolsillos. Nosotros vamos a seguir inventando desde acá, como forma de curar al principio y como línea ascendente después, quebrar la mirada de odio, elevarnos por sobre los edificios, mirar el cielo las estrellas, imaginar soleado el borde desde donde ansíes regresar.

Todas las aves que había en tu alma llegaron a mí, Flaco, y eso deberá permanecer.

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Por Leandro Hidalgo
http://www.capachobonsai.blogspot.com/ 


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